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Llegaron los monos, 30 años después: Supergrass debutó en la Argentina y evocó lo mejor del Britpop

Eufóricos y eficientes. Si el lector quiere tener un spoiler de lo que se va a desglosar en las próximas líneas, ahí va el adelanto. Supergrass, que en los años ’90 era supuesta rémora detrás de la Santísima Trinidad del Brit-Pop (Oasis, Blur y Pulp), aterriza tres décadas más tarde en el C Art Media, por primera vez en Buenos Aires como una banda clásica, con repertorio, vitalidad y audiencia.

En la noche del viernes 29, todo tuvo un dejo de “fiesta del reencuentro de egresados de los ‘90”. Primero, agregados la última semana, Turf condujo la primera parte con una selección de clásicos y cara de feliz cumpleaños. Para ellos, criados casi a imagen y semejanza de los británicos entre otras influencias, un “cerrar el círculo”, como despediría el set un Joaquín Levinton felicísimo.

Supergrass en la Argentina, en el C Art Media. Foto de prensa

Por un lado, se notaba que volvían a enfrentar un público base, más parecido al de los comienzos: más alternativo y enfocado. Esto no va en desmedro, por favor, de audiencias más familiares y futboleras -al que accedieron enriqueciendo su paleta compositiva hacia la música popular con títulos dignos de Andrés Calamaro o los Auténticos Decadentes como Loco un poco, Magia blanca, Yo no me quiero casar y Ud? y Pasos al costado– que pudieron encontrar en tres décadas de trayectoria, pero sí parecían sentirse a gusto de volver un rato al nicho.

Antes de finalizar su actuación con el himno Pasos al costado, y de haber invitado a otro ícono del under noventero como Sharly Gramuglia de DDT, que aportó su clásico Dandy Rock Club al repertorio, los Turf colaron una cita propia de Alright, el mayor hit del cuarteto que estaba listo para debutar en la ciudad.

Ahí si, todo dio lugar a una banda con su formación original -Gaz Coombes en voz y guitarra, Mick Quinn en bajo y Danny Goffey en batería) + el plus ya estable de Rob Coombes, hermano mayor de Gaz, en teclados- arrimando al borde del escenario ganas de tocar y profesionalidad. No muchos bártulos en la escenografía, apenas una imagen notoria de la tapa de I Should Coco, su debut de 1995, al que se aprestaron a tocar íntegro en casi dos tercios del show.

Gaz Coombes, voz y guitarra de Supergrass. Foto de prensa

Ellos, que surgieron como una banda de post-adolescentes formateados entre dos presunciones antropoides, la estética de El planeta de los simios como figuración estética de pilosidad y monerías y The Monkees como prefijo de banda juvenil, payasesca y poptimista, son ahora señores que no perdieron las mañas ni el filo.

Efervescentes y épicos como suenan en Caught by the Fuzz, uno de los primeros temas de la lista, no dejaron de sostenerse con precisión y sin figuras. Gaz ya cubre su madura cabeza con una gorra beatlesca y no se deja ver como un gemelo de Ariel Garcé (aquel defensor de River y Colón al que Diego como entrenador de la Selección soñó con la Copa del Mundo en las manos y llevó al Mundial de Sudáfrica) y tampoco lo necesita.

Mick Quinn en el bajo de Supergrass. Foto de prensa

Lo suyo es rasgar y cantar, mientras Quinn, un excelente bajista y Goffey, una locomotora rítmica, lo apuntalan. Su hermano Rob colorea y es preciso con alguno toques de moog.

Alright, dentro del primer segmento, queda liberado de los bises, aunque ya haya tomado dimensión de clásico de Aspen. Con esa sonoridad a lo Madness, puede llegar a no ser tan característico del sonido de una banda 100% británica, donde otros nombres como Bowie, Buzzcocks, Small Faces y The Move figuran en el altar compositivo.

Supergrass se presentó por primera vez en la Argentina, en el marco de su gira por el aniversario numero 30 del álbum debut «I should Coco». Foto de prensa

También habrá momentos de visitar otros discos, como el épico segundo y “progresivo” In It For the Money (1997) y su corte Sun Hits the Sky o gemas de sofisticación absorbidas en su tercer opus (Supergrass, 1999) como la fantástica Moving, la oscura Mary y la arengadora Pumping on Your Stereo, último tema en bises de una banda que nunca se postuló para cambiar el mundo pero que ayer hizo mucho para masajear estados de ánimo, aliviar cervicales y acumular sonrisas.

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