En la década de 1940, mientras la Patagonia comenzaba a ser vista como un territorio a conquistar para el turismo y la inversión, una familia de la alta sociedad argentina decidió dejar su huella. Sara Madero de Demaría Salas, atraída por las descripciones de su primo Exequiel Bustillo, entonces director de Parques Nacionales, adquirió un lote frente a la Bahía Mansa, en la naciente Villa La Angostura. Su visión era clara: construir una residencia señorial que dialogara con la majestuosidad del entorno.
El arquitecto de la monumentalidad
Para materializar su sueño, Sara convocó a una figura clave de la arquitectura argentina del siglo XX: Alejandro Bustillo. El arquitecto, hermano de Exequiel, ya había definido la estética de la región con obras emblemáticas como el Hotel Llao Llao y la capilla San Eduardo en Bariloche. Su sello, caracterizado por trasladar la monumentalidad europea a un lenguaje local, lo convertía en el candidato ideal. Bustillo era el intérprete perfecto para un proyecto que buscaba inscribir elegancia y permanencia en un paisaje agreste.
Un diseño que desafía al fuego y al tiempo
Atendiendo al temor de la propietaria a los incendios, Bustillo optó por el granito de la zona como material principal para la estructura exterior. Esta elección, más allá de lo práctico, dotó al edificio de una solidez que evocaba los castillos europeos, trasplantados al confín del mundo. El techo de pizarra gris completaba una imagen de robustez y distinción. El diseño final, inspirado en una casa de San Isidro, evolucionó hasta convertirse en un «manoir» o casa señorial de estilo francés, adaptado a las coordenadas patagónicas.
Un nombre con simbolismo: la cosecha dorada
La residencia fue bautizada como «El Messidor», un nombre cargado de significado. Proveniente del calendario revolucionario francés, significa «mes de la cosecha» o «mes de oro», en referencia a las espigas maduras. La familia ya había utilizado este nombre para una propiedad atlántica, pero al trasladarlo a la montaña adquirió una nueva resonancia: la promesa de abundancia, plenitud y refinamiento en medio de la vastedad. El nombre sellaba la aspiración de crear un refugio de cultura y sofisticación.
Más que una casa: un proyecto de país
La construcción de El Messidor no fue un hecho aislado. Se enmarcó en una política estatal impulsada por Parques Nacionales para colonizar y dar valor a la ribera del Nahuel Huapi mediante la lotificación y la obligación de edificar. La residencia se convirtió así en un símbolo tangible de una época donde la Patagonia dejaba de ser un territorio remoto para integrarse a una narrativa nacional que combinaba naturaleza, turismo de élite y prestigio. Representó la confluencia de una familia poderosa, un arquitecto consagrado y una visión de desarrollo estatal.
Hoy, El Messidor permanece como un testimonio de piedra y pizarra de aquella voluntad de domesticar el paisaje y convertirlo en parte de la historia cultural argentina. Su historia refleja las tensiones y aspiraciones de un país que, a mediados del siglo pasado, buscaba definir su identidad entre la herencia europea y la potencia de su geografía más salvaje.