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Crece el alquiler en barrios cerrados como alternativa residencial en Argentina

Un informe revela un cambio en el mercado inmobiliario: cada vez más personas eligen alquilar en countries y barrios privados, priorizando servicios y calidad de vida sobre la propiedad.

Durante años, los barrios cerrados fueron sinónimo de compra de lote y construcción de una vivienda definitiva. Sin embargo, en los últimos años, y con mayor fuerza desde 2020, se consolidó un incipiente mercado de alquiler dentro de estas urbanizaciones. Este fenómeno atrae a un sector de la clase media de ingresos altos que prioriza seguridad, servicios y calidad de vida por sobre la propiedad en sí misma.

De acuerdo a un informe de Tejendo Urbano, el alquiler en barrios cerrados crece con fuerza, especialmente en municipios como Pilar y Tigre, y atrae tanto a hogares unipersonales como a familias. Para muchos, alquilar en el suburbio compite en costos con alquilar en barrios porteños consolidados como Palermo. La vivienda, más que un activo, se volvió una experiencia ajustable a cada etapa de la vida.

El crecimiento responde a una combinación de búsqueda de bienestar, distinción social y estrategias patrimoniales. Ya no se trata solo de ‘no poder comprar’, sino de elegir cómo y dónde vivir. Entre las estrategias más habituales aparecen los inquilinos propietarios (dueños de una vivienda en la ciudad que la alquilan para financiar su residencia en el suburbio), las viviendas satélite para sostener la vida laboral en CABA, y el uso del alquiler como segunda residencia de fin de semana o temporada.

La motivación central es el acceso a un entorno urbano controlado: seguridad, servicios, espacios verdes y tranquilidad. Para familias con hijos pequeños y adultos mayores, esta combinación resulta difícil de igualar en la ciudad tradicional. Para un segmento de la clase media alta, el alquiler en estos lugares funciona también como un mecanismo de distinción social, manteniendo un estatus simbólico alto aun sin ser propietario.

El informe también detecta un vínculo directo entre alquiler y productividad. En municipios con polos industriales dinámicos como Pilar, Ezeiza o Tigre, crece la demanda de hogares unipersonales o de corta duración, ocupados por técnicos y profesionales calificados que eligen vivir cerca del trabajo.

Según datos del Mapa de Urbanizaciones Cerradas (2022), en Argentina los barrios cerrados ocupan una superficie total de 700,467 km². La provincia de Buenos Aires concentra el 75% de esta superficie, y la Región Metropolitana de Buenos Aires y sus áreas contiguas abarcan el 69% del total nacional. Esto confirma que el fenómeno se encuentra fuertemente asociado a la dinámica metropolitana de Buenos Aires.

Dentro de esta región, uno de cada 10 barrios cerrados se ubica en el municipio de Pilar, que encabeza el ranking con una superficie acumulada de 76,372 km². Le siguen Tigre, Luján, Escobar, Brandsen y Zárate.

En cuanto a los inquilinos, los radios censales que incluyen barrios cerrados concentran unos 170.000 hogares, de los cuales entre el 12,5% y el 15,5% son inquilinos. Las barreras de acceso siguen siendo altas: contratos en dólares, garantías exigentes y expensas elevadas funcionan como filtros que moderan la expansión.

Un caso destacado es Nordelta, en Tigre, que por sí sola se ubicaría dentro del top 10 de municipios por superficie. Allí, el alquiler alcanza al 27,5% de los hogares, muy por encima del promedio regional, con un estimado de 1911 hogares inquilinos sobre un total de 6971. La distribución interna no es casual: los inquilinos se concentran en ejes y bordes, mientras que barrios centrales mantienen un perfil casi exclusivamente propietario.

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