Una conferencia del historiador José Emilio Burucúa analizó cómo el arte cristiano, a lo largo de siglos, utilizó figuras animales como el pez, el cordero o el pelícano para representar conceptos divinos sin mostrar una imagen directa de Dios.
En el marco de la XIV Bienal de Arte Sacro Contemporáneo, el historiador del arte José Emilio Burucúa ofreció una conferencia titulada «Entre el elefante y el cordero. Símbolos animales de Cristo». La charla, presentada en el Museo Nacional de Arte Decorativo, abordó una paradoja central en la historia del arte sacro: la necesidad de representar lo divino frente a la imposibilidad de mostrar una imagen directa de Dios.
Burucúa, doctor en Filosofía y Letras, planteó que los artistas recurrieron a los animales no como meros ornamentos, sino como una «forma de pensamiento» para hacer visible lo invisible. El recorrido histórico comenzó con uno de los símbolos más antiguos: el pez (Ichthys). Este acrónimo griego de «Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador» aparecía en las catacumbas romanas como marca de identidad, tomando y resignificando una asociación previa con la vida eterna presente en culturas como la egipcia.
Otras figuras analizadas fueron el delfín, vinculado desde la antigüedad clásica con el alma y el rescate; y la paloma, que en el arte cristiano temprano, especialmente en mosaicos bizantinos, pasó de ser un símbolo concreto a crear una «atmósfera» de sacralidad.
La conferencia profundizó en dos símbolos de gran carga teológica: el pelícano y el pavo real. El pelícano, según una leyenda medieval, se hiere para alimentar a sus crías con su sangre, convirtiéndose en una poderosa alegoría del sacrificio de Cristo. Esta imagen fue recogida por figuras como San Agustín y Santo Tomás de Aquino. El pavo real, por su parte, era considerado un símbolo de la resurrección y la vida eterna debido a la creencia antigua de que su carne no se corrompía.
Finalmente, Burucúa se refirió al cordero como «probablemente el símbolo más importante de Cristo», porque en la tradición cristiana deja de ser una mera alegoría para convertirse en una sustitución directa, como se observa en la figura del «Cordero de Dios». El análisis mostró cómo estos símbolos, extraídos de bestiarios medievales como el Physiologus, funcionaron durante siglos como un lenguaje visual para expresar conceptos teológicos complejos.