Una historia sobre caballos de distintas partes del mundo y un campesino que logró lo que parecía imposible nos invita a reflexionar sobre la desconexión que vivimos en la sociedad actual.
Cuando los astronautas de las misiones Apolo, y más recientemente Artemis II, miraron la Tierra desde la Luna, dijeron algo importante de entender: desde la Luna no se ven fronteras nacionales, guerras ni conflictos. La sensación general es de unidad, al ver la Tierra como un solo ‘oasis’ o ‘hogar’ compartido por todos. Sin embargo, acá abajo, hacemos exactamente lo contrario.
Vas por la calle. Alguien corre para alcanzar el colectivo. Lo ves, pero no lo registrás. No deseás de verdad que llegue. No te afecta si no lo logra. Porque, sin darte cuenta, su vida no es ‘real’ para vos. Es parte del decorado. Vivimos como protagonistas y el resto son extras.
Esta historia nos deja un fuerte mensaje: había una vez un hombre que decidió tener los mejores caballos del mundo. No le importó el dinero. Solo la excelencia. Viajó a Arabia Saudita por un pura sangre excepcional. A Irlanda por otro de linaje perfecto. A Estados Unidos por uno de sangre campeona. Y a Australia por una promesa de grandeza. Cuatro caballos. Impecables. Inigualables.
Un día, en el camino, llegaron a una canaleta profunda, con agua corriendo fuerte. Los caballos se detuvieron. Ni un paso más. El hombre frunció el ceño. Tiró de las riendas. Nada. Levantó el látigo sobre uno. Ese avanzó pero los otros tres quedaron clavados. Probó con otro. Después con otro. Siempre lo mismo. Cada uno reaccionaba solo por sí mismo. La frustración empezó a crecer.
En ese momento, apareció un campesino con dos caballos flacos, desparejos, casi ridículos al lado de los suyos. —No se mueven —respondió el hombre, seco. El campesino se acercó. Miró uno por uno. —¿Y aquel? —Estados Unidos. —¿Y el último? —Australia. —Atalos. Finalmente, lo hizo. El campesino levantó apenas el látigo y sus dos caballos reaccionaron con una fuerza brutal. Tiraron con todo. Sin dudar. Arrastraron a los otros cuatro y cruzaron.
El hombre quedó en shock. —¿Cómo hiciste? El campesino respondió: —Los tuyos son extraordinarios pero están solos. Cada uno de un lugar del mundo sin ninguna relación real o directa con el otro. Cuando levantás el látigo sobre uno, a los otros no les importa. ‘Con tal que no me pegue a mí, no pasa nada’, dicen. No es su problema. Pero los míos nacieron juntos. Comparten la misma madre, la misma familia. Crecieron juntos. Son hermanos. Cuando uno siente el peligro, el otro tira con toda su fuerza para salvarlo. Porque lo que le pasa a uno le pasa al otro.
Ese es el trabajo de la vida: ampliar nuestro círculo de compasión. Como lo expresa el libro ‘Aceptación radical’: ‘Cuando estamos atrapados en nuestro propio drama, que está centrado en nosotros mismos, todos los demás se convierten en «otros» para nosotros. El mundo se convierte en decorado de nuestra propia vivencia especial y todos los que están en él hacen de actores secundarios; algunos, de rivales; otros, de aliados; la mayoría, de meros figurantes sin importancia. Como nuestra implicación en nuestros deseos y preocupaciones personales nos impide prestar atención estrecha a cualquier otro ser, entonces los que nos rodean (incluso nuestros familiares y amigos) se pueden convertir en figuras de cartón, irreales y planas, en personajes humanos con deseos, con miedos y con corazones palpitantes’.
Quizás el problema no es que nos falte fuerza. Es que tenemos que aumentar el círculo y meter a más dentro de ese círculo. Porque vivimos como si el otro no fuera real. Como si no estuviéramos atados. Y la verdad es más simple y más exigente: o aprendemos a sentir al otro como propio o, tarde o temprano, nos quedamos todos detenidos.