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De Miracolo: cómo una marca llevó su estética a su primer local

La diseñadora Milagros Muñoz confió en la arquitecta Josefina Molinelli para plasmar la identidad de su marca en un espacio físico. El resultado es una tienda ecléctica y cálida, sin rastros de blanco.

Cuando la diseñadora Milagros Muñoz, fundadora de De Miracolo, contactó a Josefina Molinelli para diseñar su local, no se conocían. “Ella había visto algo de mi trabajo en redes: algo de Molé, que es mi marca de iluminación, y algunos de los trabajos que había hecho para otras marcas”, cuenta la arquitecta. “Desde el vamos nos entendimos muy bien: por un lado, porque ella tenía muy claro lo que quería, pero también porque enseguida depositó mucha confianza en mi visión y criterio.”

Ese mínimo acercamiento fue suficiente para encomendarle el diseño de su primera tienda. “La idea fue hacer una mezcla muy ecléctica en cuanto a estampados y colores. Busqué traducir su paleta, no la de una colección en puntual sino la de base”, explica Molinelli. De ahí la decisión básica de eliminar de cuajo el blanco y reemplazarlo por un beige bien cálido, que marca el clima de la tienda y dialogara con verdes, amarillos y bordeaux. “Los colores que elegimos no son particulares de una colección, sino que están en la estética de la marca y tienden a repetirse”.

“Esa paleta cálida la combinamos con esta estética vintage -muy retro- que también está en la base de su marca”. “Si uno ve el espacio, en un principio parece que nada pega con nada: el piso, el cuadrille de colores, las cortinas. Pero todos los elementos tienen sus puntos de conexión”. Rombos en el entelado de paredes y cortinas, calcáreos cuadriculados, alzadas y cortinas en verde… la apuesta por el mix de estampas y colores fue grande pero estuvo bien calculada. “Si te fijás, el beige de las paredes es el mismo que se aplicó en el piso y en la estampa de rombos”, explica Molinelli. La misma lógica se aplicó con el amarillo -que se asoma detrás de la caja y se retoma en el sillón, las lámparas y los pisos- o el bordeaux.

“Hay algo en la experiencia de diseñar un local que desafía los límites: por más de que una pone su firma, la idea no es que tenga tu sello sino el de la marca”, reflexiona la arquitecta. “Me pareció un proceso muy lindo y lúdico”. Como era de esperarse siendo ambas diseñadoras, el ida y vuelta entre Muñoz y Molinelli fue fundamental para llegar al resultado final. “Un puntapié fundamental fue una referencia que trajo la clienta, de los carritos de lavandería giratorios. Aunque ese mecanismo no era viable, la idea nos sirvió como disparador para el perchero curvo al centro del local”.

Otro de los aciertos fue la decisión de correrse de las paredes, para llevar la ropa al centro. “Como el local es más bien pequeño, me pareció mejor dejar libres las paredes y llevar toda la energía hacia el centro”, explica Molinelli. Las luces diseñadas por el estudio y la cuadrícula de moscaicos contribuyen a ese efecto.

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