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Cinco siglos del libro: del autor al TikTok

En la Feria del Libro, el contraste entre el formato impreso y las nuevas tecnologías narrativas se hace evidente, pero el libro sigue resistiendo. Entre filas de lectores y ventas en recuperación, la industria editorial argentina debate su futuro.

El ejemplo puede ser Mafalda, la obra de Quino editada originalmente por Ediciones de la Flor, la editorial que anunció su despedida definitiva, tras sesenta años, en esta edición de la Feria del Libro. La historieta y sus personajes emblemáticos, ya fue anunciado, tomará vida en una serie de Netflix y también en una muestra inmersiva en el Centro Cultural Recoleta. El contraste entre el libro y las nuevas tecnologías narrativas no puede ser más elocuente. Sin embargo, hay algo tan actual como fuera de tiempo en las filas que se forman en la feria: largas, pacientes, a la espera de una firma, de un mejor lugar en una sala. Se estima para este año ventas en recuperación y el éxito sostenido de las publicaciones para chicos y adolescentes.

“Sin ponernos románticos, creo que el libro en tanto artefacto material sigue resistiendo todos los pronósticos que desde hace 25 años aparecieron para fechar su desaparición. Podemos pensar también en la gran cantidad de editoriales artesanales que han aparecido en las últimas dos décadas, que oponen otro modo de producción”, resume Leonora Djament, directora editorial de Eterna Cadencia Editora, uno de los tantos sellos que protagonizan la feria desde sus stands y sus actividades. Aún con una industria en crisis, se habla de la vigencia de la masividad del encuentro que termina este fin de semana, y hasta de ventas que sorprenden. Globalmente se estima que la industria mueve unos US$140.000 millones anuales entre libros físicos -se venderán entre 2500 y 3000 millones de unidades en 2026-, ebooks y audiolibros.

El libro, de hecho, es un artefacto que demanda tiempo. Un modo de transmisión de conocimientos y pensamientos que lleva cinco siglos de vigencia en su escala industrial. El invento popularizado por Gutenberg no solo fechó la modernidad: su adopción global convirtió a esa tecnología en el vehículo que fijó y difundió ideas, le dio a muchos idiomas una forma estable y puso el saber en modo portátil. Esa forma, como sugiere el académico Jeff Jarvis, puede leerse como un paréntesis: un momento excepcional en el que el conocimiento se volvió fijo, verificable y, sobre todo, atribuible a la voz del autor. Ese dominio hoy, a treinta años de la revolución de internet, sigue amenazado. La narrativa audiovisual y fragmentada de TikTok, reels o shorts de YouTube ya no se mide en páginas, se mide en segundos y, como los viejos papiros, se ejecuta en scroll.

“Veo una tensión fuerte entre el libro y las diversas formas digitales de este cambio de siglo: las webs, las redes sociales, los microvideos, los podcasts, las aplicaciones. Cada una de ellas lo ha puesto en jaque y a todas ha sobrevivido. El gran fenómeno actual en España, Instrucción de novicias, de Ana Garriga y Carmen Urbita, nació de un podcast; los influencers acaban publicando libros para monetizar; los colegios vuelven a los libros en papel después de los experimentos digitales. Sólo los videojuegos y las series compiten en serio con los libros, pero en su dimensión de entretenimiento, no en la que importa: la del saber”, concluye Jorge Carrión, catedrático en Barcelona y autor de, entre otros textos, Librerías. El agente literario Guillermo Schavelzon lo puso en números: “Se auguró la muerte del libro impreso, y hoy el digital no supera el 15%”.

La inteligencia artificial introduce un desplazamiento más profundo: entrenada sobre millones de textos —muchos de ellos libros—, los convierte en materia prima, en insumo dinámico para generar variaciones. “Cada vez se publican más libros. Las tiradas son más pequeñas, es cierto, pero los eventos alrededor del libro -como las ferias- siguen convocando multitudes. La industria editorial, después de varios siglos proponiendo un mismo modelo de negocios, todavía está adaptándose a una transformación que comenzó hace 10.000 días con la llegada de la web. Me molesta cuando se hacen proclamas como ‘menos pantallas, más libros’. Yo quiero ‘más pantallas’ y ‘más libros’. Apuesto por la riqueza y diversidad textual y de soportes, dentro de un ecosistema mediático cada vez más variado y complejo”, desarrolla Carlos Scolari, que acaba de publicar en España su nuevo volumen, Homo Mediaticus. Una historia de la humanidad del hashtag neandertal al iPod, dedicado a rastrear fósiles de la era mediática entre los que destaca también algunos objetos parecidos a libros. “No podía dejar de lado algunas obras impresas. Sin embargo, cuesta considerar a los libros un ‘medio fósil’, como sí lo son el papiro, el telégrafo o las linternas mágicas”.

Con su versatilidad que va de las tapas blandas o las autoediciones a los libros de arte, coffee-table o de gran despliegue visual o libros-objeto, la feria se convierte en una suerte de santuario, de mitificación extrema del objeto. Diego Erlan, editor de Ampersand, una editorial local de Ana Mosqueda que además tiene el libro y la edición entre sus focos “curatoriales”, señala que “la estrategia de Ampersand es acercar el libro a la mayor cantidad de lectores posibles, sin perder calidad ni profundidad”.

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