Millones de personas con hipertensión arterial no logran controlar su presión a pesar de tomar varios medicamentos. Se trata de la hipertensión resistente, una condición que afecta entre el 8% y el 13% de los pacientes en tratamiento.
Tomar la pastilla todas las mañanas. Llevar años haciéndolo. Y aun así, cuando se va al médico, los números siguen sin bajar. Para millones de personas con hipertensión arterial, esa es una realidad cotidiana que tiene nombre: hipertensión resistente, una condición en la que la presión arterial no cede ni con tres medicamentos a dosis máxima y que, según estudios a nivel mundial, afecta a entre el 8% y el 13% de los pacientes en tratamiento.
El doctor Rubén Romero, presidente de la Sociedad Peruana de Hipertensión Arterial (SPHA), advierte que el problema empieza mucho antes: la mayoría de quienes tienen hipertensión ni siquiera lo saben. “Más del 90% de los pacientes no presenta síntoma alguno”, dice. En el Perú, más de 5 millones de personas viven con esta condición y se estima que la mitad aún no tiene diagnóstico. La enfermedad avanza en silencio, sin dolor, sin señales, hasta que el daño ya está hecho.
Y el daño puede ser grave. Sin tratamiento oportuno, la hipertensión compromete el corazón, el cerebro, los riñones y los ojos, y eleva el riesgo de infartos, accidentes cerebrovasculares e insuficiencia renal. En los casos de forma resistente, ese riesgo se multiplica. “Hay que estar muy atentos porque estos son los pacientes que más peligros enfrentarán, ya que tener cifras no controladas de presión arterial hace que los órganos se dañen mucho más prematuramente”, advierte Romero.
La prevalencia de la hipertensión no es igual en todo el país. La Costa registra los índices más altos (20,2%), seguida de la Selva (18,2%) y la Sierra (17,8%). Los hombres la padecen con mayor frecuencia (20,9%) que las mujeres (17,8%). Y el impacto de la forma resistente es especialmente pronunciado en ciertos grupos: el 22,9% de los pacientes con enfermedad renal crónica la presenta, y más de uno de cada dos trasplantados renales también.
Aunque la hipertensión resistente suele avanzar sin señales, el cuerpo a veces avisa. Romero enumera las alertas que no deben ignorarse: dolor de cabeza intenso y persistente, visión borrosa, dolor en el pecho, falta de aire, mareos, náuseas y adormecimiento en la cara, los brazos o las piernas. Si la lectura supera los 180/110 mmHg, podría tratarse de una crisis hipertensiva y se debe buscar atención médica de inmediato.
Los factores que más influyen: la hipertensión no tiene una causa única. La SPHA identifica cinco factores que favorecen su desarrollo, algunos modificables y otros no. El historial familiar introduce una predisposición genética que no puede alterarse. La dieta alta en sodio —sal y alimentos procesados— obliga a los vasos sanguíneos a soportar mayor presión. El sedentarismo debilita el sistema cardiovascular y reduce la elasticidad arterial. El sobrepeso y la obesidad, especialmente cuando la grasa se concentra en el abdomen, exigen mayor esfuerzo al corazón. Y el tabaquismo, el alcohol y sustancias como la cocaína producen efectos directos sobre los vasos y el ritmo cardíaco que pueden desencadenar aumentos bruscos de la presión arterial.
El doctor Rubén Romero hace un llamado a la población a conocer sus cifras y, a quienes ya tienen diagnóstico, a sostener un tratamiento que combine medicación con actividad física, alimentación saludable y la eliminación del alcohol y el tabaco. “Es una enfermedad que no duele, no avisa y no perdona. La única defensa es conocerla a tiempo y tratarla adecuadamente”.
¿Qué opciones de tratamiento existen? El tratamiento de la hipertensión es personalizado. Romero señala que hoy existe una amplia variedad de fármacos antihipertensivos —desde betabloqueadores y diuréticos hasta bloqueadores del sistema renina-angiotensina— y que su evolución ha permitido reducir los efectos secundarios que en el pasado limitaban su uso. Los controles médicos regulares son parte del tratamiento: sirven para detectar la enfermedad a tiempo y también para ajustar el esquema cuando la presión no responde como se espera.
Para quienes no logran el control con medicamentos, existe una alternativa disponible en el país: la denervación renal. Se trata de un procedimiento mínimamente invasivo —sin cirugía abierta— que actúa sobre los nervios que conectan el sistema nervioso con los riñones. Cuando esa conexión se mantiene sobreactivada, los riñones retienen más sodio, los vasos sanguíneos se tensan y la presión no baja. El procedimiento interrumpe esa señal mediante un catéter que se introduce por una arteria y aplica energía sobre los nervios que rodean los riñones. El resultado es una reducción sostenida de la presión arterial que, según los estudios disponibles, se mantiene años después de la intervención.
Cómo medirse la presión en casa: la única manera de saber si alguien tiene hipertensión es midiéndose la presión arterial. Romero recomienda que todas las personas lo hagan al menos una vez al año y, quienes tienen antecedentes familiares, con mayor frecuencia, incluso si el primer resultado es normal (menor a 130/80 mmHg). Para que la medición sea confiable, el especialista indica que se debe usar un tensiómetro automático de brazo, reposar cinco minutos antes de la toma, estar sentado con la espalda recta y el brazo a la altura del corazón, y evitar el café, el alcohol y el ejercicio en los 30 minutos previos. “Lo ideal es realizar tres tomas con un minuto de diferencia y registrar el promedio de los dos últimos valores, mañana y noche, durante siete días consecutivos”, precisa.
La presión arterial no duele, no avisa y rara vez da señales antes de que el daño esté hecho. Medirse, conocer los números y no abandonar el tratamiento son, hoy por hoy, las únicas herramientas disponibles para quienes conviven con esta enfermedad.