El Rayo Vallecano, símbolo de un barrio obrero con identidad propia, se prepara para la final de la Liga Conferencia en Leipzig. Su afición, arraigada en valores de solidaridad y compromiso social, es el motor del club.
Madrid, 25 may (EFE).- «El Rayo es lo último que queda del fútbol de antes». Esta frase del delantero Sergio Camello resume la filosofía del conjunto vallecano, no tanto por lo deportivo sino por todo lo que lo rodea, con una afición arraigada en un barrio obrero y valores que los propios aficionados tratan de inculcar a cada futbolista que pasa por el club.
El Rayo no se entiende sin Vallecas. Es su símbolo y el emblema más reconocido de un barrio inmensamente poblado que no siempre perteneció a la capital española. Si Vallecas hubiera seguido siendo un municipio independiente de Madrid, como lo fue hasta 1950, sería la décima ciudad con más habitantes de España. En 1946, antes de las anexiones de los trece pueblos limítrofes, Madrid tenía 67 km2 de extensión y Vallecas 73 km2. Vallecas era más grande que el propio Madrid y esa identidad propia la mantiene casi ochenta años después como barrio integrado en la capital.
El Rayo es un club atípico. Su estadio solo cuenta con un fondo para albergar público; en el otro, con bloques de edificios, es común ver a gente presenciando los partidos desde la terraza de sus casas. Por ese estadio han pasado grandes estrellas internacionales para dar conciertos (Bob Dylan, Metallica, Queen, Scorpions), en sus bajos entrenaron mitos del boxeo como Poli Díaz o Javier Castillejo, y cada año alberga el tradicional partido solidario de Navidad que reúne a famosos de diversos ámbitos.
El estadio, en la calle Payaso Fofó, es el punto de unión del rayismo. El encargado de la megafonía, Rafa García Navas, recuerda antes de cada partido: «Buenas tardes amigos, ¡en Vallecas sois bien recibidos! Aúpa Rayo». También se escucha «Presa, vete ya», en alusión al presidente Raúl Martín Presa, máximo accionista desde mayo de 2011. El enfado de la afición con Presa se debe a su poca empatía con la afición y los valores del barrio, así como a las trabas a iniciativas como los tradicionales ‘Días del rayismo’.
Esas fechas especiales son otro ejemplo del significado del Rayo para Vallecas. Son jornadas culturales y deportivas organizadas por la Plataforma ADRV, que engloba a la mayoría de peñas, coincidiendo con el último partido en casa de la temporada, con conciertos, actividades infantiles, charlas históricas y encuentros con jugadores para que conozcan la realidad del barrio.
La afición del Rayo, en gran mayoría de clase trabajadora e ideología de izquierdas, está arraigada con su club y hace gala de su compromiso social. Es habitual escuchar cánticos o ver pancartas con denuncias contra la mercantilización del fútbol, los desahucios, las casas de apuestas, la inmigración, el racismo o los genocidios, como el que denuncian en Palestina. También han organizado por redes sociales ayuda para aficionados estafados por agencias con el viaje a Leipzig para la final de la Liga Conferencia; incluso jugadores donaron dinero para cumplir ese sueño.
«El Rayo es lo último que queda del fútbol de antes y es lo que se respira. Cuando invito a la gente al estadio siempre les digo que lo menos importante es el fútbol sino todo lo que se respira, las previas, la unión con la gente, lo que sucede dentro, cómo anima la grada y lo que reivindican y por lo que luchan. Por eso nosotros, los futbolistas, es importante que entendamos por quién luchamos y que lo demos todo», declaró Camello antes de la final europea. Íñigo Pérez, actual entrenador del Rayo, lo ha entendido bien y su humildad así lo retrata. Al acabar cada partido en casa, junto a sus jugadores, escucha las proclamas de los Bukaneros y el himno ‘La vida pirata’. En Vallecas el fútbol es importante, pero más lo son las personas, su dignidad y su orgullo de clase.