El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, anunció que el país no volverá a celebrar elecciones, lo que provocó una reacción del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, quien llamó a la comunidad internacional a aislar al régimen sandinista. Analistas señalan que Nicaragua tiene escaso peso estratégico para Washington.
Tras la captura de Nicolás Maduro, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel calificó la operación como “un acto de terrorismo de Estado” y participó en una concentración bajo la consigna “Cuba y Venezuela, una sola bandera”. Desde Nicaragua, el respaldo llegó catorce horas después con un comunicado oficial que expresó: “Acompañamos de corazón…”.
Daniel Ortega anunció que, bajo el régimen que encabeza junto con su esposa y copresidenta Rosario Murillo, Nicaragua no volverá a celebrar elecciones. La declaración eliminó la apariencia de competencia política y provocó una respuesta inmediata del secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, quien llamó a la comunidad internacional a actuar contra la dictadura.
Durante años, Managua mantuvo una relación diferente a la de Caracas y La Habana con Washington. El régimen Ortega-Murillo cooperó en operaciones contra el narcotráfico, funcionó como “muro de contención” migratorio en la frontera con Costa Rica y mantuvo el vínculo comercial bajo el Cafta, con empresas norteamericanas activas en textiles, agroindustria, carne, café, oro y zonas francas.
“En general, el gobierno de Nicaragua ha intentado mantener una posición crítica, para no renunciar por completo a su postura histórica, pero sin desafiar abiertamente a Estados Unidos”, dijo a LA NACION Tiziano Breda, analista senior para América Latina y el Caribe en Acled.
Analistas coinciden en que Nicaragua no tiene el mismo peso estratégico que Venezuela o Cuba para Estados Unidos. “Honestamente, creo que Trump ni siquiera sabe quién es el presidente de Nicaragua, ni sabría deletrear Nicaragua”, dijo a LA NACION John Feeley, exembajador de Estados Unidos en Panamá y exsubsecretario adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental.
“Nicaragua ofrece réditos políticos o económicos mucho menores para la administración Trump”, coincidió Kai Thaler, profesor de Estudios Globales de la Universidad de California-Santa Barbara. Las exportaciones mineras de Nicaragua alcanzaron US$1391,6 millones en 2024, mientras que las ventas de petróleo de Venezuela sumaron US$17.520 millones ese mismo año.
En Estados Unidos viven cerca de 2,9 millones de personas de origen cubano, con fuerte influencia política en Florida, mientras que la comunidad nicaragüense ronda los 450.000, según datos del Pew Research Center.
La tensión entre Rubio y Trump es de fondo. “El problema que tiene Rubio, tanto en Venezuela como eventualmente en Nicaragua, es que no es capaz de hacer el negocio que su jefe quiere. Y lo que quiere su jefe es un virreinato”, afirmó Feeley. “A Trump no le interesa un final democrático para ninguno de los tres países. Rubio se encuentra entre la espada de Miami y la pared de Trump”, agregó.
El anuncio de Ortega le dio a Rubio una oportunidad para elevar el caso nicaragüense dentro de la agenda regional. En un comunicado titulado “Un llamado a la acción: abordar la promesa de la dictadura Murillo-Ortega de abolir las elecciones”, el secretario de Estado afirmó que la declaración del líder sandinista dejó al descubierto “la verdadera naturaleza autoritaria” del régimen familiar. “Daniel Ortega y Rosario Murillo abandonaron incluso la apariencia de consentimiento popular”, sostuvo Rubio, y convocó a otros países a “unir fuerzas” para demostrarle a la dictadura que no puede aspirar a mantener relaciones normales mientras vulnera “los principios básicos de nuestro hemisferio democrático”.
Nicaragua carece del petróleo venezolano, del peso electoral de la diáspora cubana y de un incentivo económico inmediato para Washington. Pero la abolición abierta de las elecciones le ofrece a Rubio un argumento concreto para impulsar un mayor aislamiento diplomático y puede devolver al país centroamericano al radar de la Casa Blanca.
Otro factor que incomoda a Washington son los vínculos de Managua con China y Rusia. En abril, la Casa Blanca sancionó al régimen orteguista por quitarle a una empresa norteamericana una concesión minera de oro y entregársela a una compañía china. Para Moscú, Managua ofrece una plataforma útil para proyectar influencia en el hemisferio occidental, mientras que para el régimen de Ortega, la relación aporta herramientas para reforzar su aparato de control interno y respaldo diplomático.
Sin embargo, Breda advirtió que estas relaciones tienen límites claros. “Generalmente, estas relaciones se quedan un poco en el ámbito simbólico. A la hora de proteger a un aliado clave en la región, Rusia no parece dispuesta a desafiar militar o políticamente a Estados Unidos”.
Desde el estallido social de 2018, la crisis en Nicaragua dejó cientos de muertos, miles de detenciones arbitrarias y un exilio masivo. La CIDH registró 355 muertos, mientras que el Grupo de Expertos en Derechos Humanos sobre Nicaragua de la ONU concluyó que el régimen cometió al menos 40 ejecuciones extrajudiciales. El mismo grupo citó informes de la sociedad civil que registran más de 5000 detenciones arbitrarias y 131 arrestos por motivos políticos entre abril de 2024 y marzo de 2025. Hasta el 31 de marzo de 2026, seguían presos 47 opositores o críticos del régimen, 11 de ellos en condición de desaparición forzada.
Con las urnas fuera de escena y la oposición desmantelada, solo un agravamiento de su salud parece capaz de apartar a Ortega del poder. Según el médico exiliado Richard Sáenz Coen, el mandatario padece una enfermedad renal crónica terminal, derivada de un lupus eritematoso sistémico. Su visible deterioro físico alimenta especulaciones sobre una sucesión interna, aunque el régimen no ofrece información oficial sobre su estado.