Un análisis sobre cómo los encuentros cotidianos en el barrio, como la peluquería, fueron reemplazados por interacciones digitales, en un contexto donde la OMS equipara la soledad con problemas de salud pública como el tabaquismo.
En la infancia del autor, una peluquería del barrio funcionaba como un espacio donde los clientes compartían aspectos de su vida personal. El barbero, según relata, conocía detalles de la vida de los vecinos que ni sus familiares manejaban. Las visitas no eran solo para cortarse el pelo, sino para conversar y escuchar.
El autor conecta esa experiencia con un dato reciente: la Organización Mundial de la Salud (OMS) clasificó la soledad como un problema de salud pública, equiparándolo al tabaquismo. Señala que afecta especialmente a la generación más conectada de la historia, con miles de contactos en el teléfono pero sin interlocutores disponibles en momentos cotidianos.
Históricamente, el barrio ofrecía figuras como el barbero, el kiosquero, el almacenero o el taxista, con quienes se establecían vínculos en un espacio físico. Esas interacciones, según el texto, sostenían parte de la vida emocional de las personas sin que se reconociera explícitamente.
Con el tiempo, esas conversaciones migraron a plataformas digitales. El autor menciona que se consulta al buscador lo que antes se preguntaba al farmacéutico, y que se utilizan aplicaciones para comunicar lo que antes se charlaba en filas o comercios. También refiere que algunas personas recurren a asistentes de inteligencia artificial, como ChatGPT, para hablar de temas que no abordan con otras personas.
El filósofo Byung-Chul Han, citado en el artículo, sostiene que en la sociedad digital desaparece el otro como presencia física que ofrece resistencia. El autor contrasta esa idea con la experiencia del barrio, donde el barbero o el taxista podían contradecir u opinar distinto, generando una fricción que consideraba parte del intercambio humano.
El autor aclara que no busca idealizar el pasado, ya que reconoce que el barrio de antes también tenía limitaciones. Sin embargo, afirma que se perdió una red de vínculos cotidianos que sostenían a las personas sin ser etiquetados como terapia o contención.
Finalmente, el autor señala que el reemplazo de esos vínculos por programas diseñados por empresas evidencia un adelgazamiento previo del tejido social. Menciona que el barbero de su infancia aún trabaja en el mismo local y recuerda conversaciones de hace veinte años, y concluye que ningún dispositivo ha aprendido a reemplazar la escucha efectiva de una persona.