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Quién es Sunniva Gylver, la obispa que presidió el funeral del rey Harald de Noruega

La obispa luterana Sunniva Gylver, de 58 años, ofició la ceremonia en la catedral de Oslo. Es conocida por su estilo personal y sus posiciones públicas sobre inclusión y justicia social.

La catedral de Oslo fue el escenario del funeral del rey Harald V, fallecido el 28 de agosto. Asistieron miembros de la realeza noruega y figuras internacionales. En el interior, se realizó la ceremonia fúnebre, que incluyó velas, oradores, un guitarrista y cánticos. La figura que presidió el acto fue la obispa Sunniva Gylver, de 58 años, quien caminó detrás del féretro junto a la exreina Sonia y luego se dirigió al altar.

Gylver es obispa luterana y fue ordenada en febrero de 2025. Es la primera mujer en ocupar ese cargo en la diócesis más grande de Noruega, aunque ya ha habido otras mujeres obispas en el país. Su apariencia, con rastas y piercing en la nariz, y sus declaraciones públicas la han distinguido de la mayoría de los obispos.

En una entrevista con The New York Times, Gylver afirmó: «Mi experiencia es que nunca se puede presionar o manipular a las personas para que tengan una fe saludable. […] Yo no soy quien para salvar a la gente». Agregó que su intención es «abrir las puertas de par en par de la Iglesia».

La pastora luterana Aaste Dokka declaró al mismo medio: «Ella simboliza que el cristianismo en Noruega está pasando por un gran cambio. Cuando una persona como ella, una ministra moderna, se convierte en el rostro oficial de la Iglesia, creo que ayuda a la gente a recalibrar la imagen de lo que realmente es la Iglesia hoy en día».

Gylver se muestra en redes sociales con remeras que dicen «Biskop» (obispo) o «Prest» (sacerdote), y también en pollera, con zapatillas, un rodete y haciendo yoga dentro de una iglesia. Cuando era pastora en un barrio residencial, ofrecía clases de yoga y abrió un «café filosófico». Actualmente usa el cuello clerical y la camisa violeta, color de su cargo.

Sus declaraciones públicas combinan religión y política. Antes de su ordenación episcopal, dijo: «Cuando Putin y Trump, de distintas maneras, utilizan el cristianismo, mi religión, de forma muy politizada y destructiva, es realmente importante para mí que nosotros, como iglesia, alcemos la voz por la justicia, la solidaridad, el acogimiento al extraño entre nosotros y por reducir las diferencias entre pobres y ricos». Ahora evita nombrar personas o partidos específicos: «Como obispa, no debería señalar a personas o partidos específicos para decir ‘esto sí y esto no; aquello sí y aquello no’. Ni siquiera tengo que nombrarlos, pero tenemos bastantes líderes mundiales que practican y articulan la fe cristiana de una manera que me resulta muy ajena».

Desde joven, Gylver se mostró diferente. Fue presentadora en un programa de televisión sobre vida y fe, con el pelo rapado y decolorado. En 2016, cuando estaba al frente de una parroquia en un barrio residencial de clase alta, introdujo un servicio de yoga en el edificio: colocó colchonetas en el pasillo y, mientras se hacían las posturas, ella daba un sermón.

La revista francesa Point de Vue señala que, al principio de su carrera, sectores conservadores la acusaron de «activismo político en lugar de teología». Por sus clases de yoga, algunos la acusaron de «abrir la iglesia a religiones competidoras», y hubo quienes la llamaron «hija de Satán».

Gylver es vegetariana estricta, no viaja en avión para limitar su huella de carbono y optó por vivir en un monoambiente en lugar de la residencia oficial del obispo. En junio de 2025, izó la bandera del arcoíris sobre la catedral de Oslo para celebrar la Semana del Orgullo. En marzo, compartió un iftar con un imán local mientras debatían sobre el ayuno, en un momento en que la Cuaresma y el Ramadán coincidían.

Gylver estuvo casada con Lars Kristian Gylver, ateo, desde los 20 años hasta 2021, cuando él falleció de cáncer de pulmón. Tuvieron tres hijos: uno es «medio religioso» y los otros dos ateos. Ella respetó el ateísmo de su esposo y no intentó imponerle su fe.

Su vocación se formó a partir de experiencias personales. Cuando su hermana falleció a los 15 años por anorexia, adultos le hablaban de un significado «más grande» detrás de esa muerte. Ella declaró: «No quería que lo explicaran ni lo razonaran, solo quería que estuvieran ahí. A esa edad de 16 años me prometí a mí misma que nunca hablaría de manera ligera o superficial sobre la fe o la vida». En la escuela secundaria, invitó a su mejor amiga atea a un servicio juvenil y se sintió «humillada en nombre de la iglesia» porque el pastor se burló de otras religiones. Estudió Teología para ser «capaz de hablar de su fe de manera informada y respetuosa».

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