El ministro de Economía, Luis Caputo, pronunció un discurso de casi una hora ante financistas en el que calificó a Axel Kicillof como ‘anticristo’ y al kirchnerismo como ‘infierno’. Además, cuestionó a empresarios que reclaman una devaluación, descartó un nuevo ‘plan platita’ y defendió el rumbo económico del Gobierno.
El ministro de Economía, Luis Caputo, calificó a Axel Kicillof como ‘anticristo’ y al kirchnerismo como ‘infierno’ durante una entrega de premios ante financistas, en un discurso de casi una hora. El funcionario también cuestionó a los empresarios que reclaman una devaluación, a los que llamó ‘momias’ y ‘miserables’.
En materia económica, Caputo defendió el rumbo del Gobierno y aseguró que no prevé un salto del dólar de cara a las elecciones de 2027. Argumentó que la baja cantidad de pesos, la reprogramación del 45% de los vencimientos de deuda en moneda local, la disponibilidad de dólares y una balanza comercial positiva permiten reducir la presión cambiaria. Además, estimó que el Banco Central podría acumular hasta US$30.000 millones en reservas en los próximos meses y destacó los ingresos por exportaciones, el RIGI, los swaps con China y los acuerdos con Estados Unidos como respaldos para la estabilidad del mercado cambiario.
En clave electoral, descartó un nuevo ‘plan platita’ y pidió a los jubilados que valoren la recuperación de sus haberes, que según sus cálculos aumentaron 14% desde la llegada de Javier Milei, frente a una caída del 40% durante el gobierno anterior.
La figura del Anticristo tiene su origen en el cristianismo primitivo. El término aparece explícitamente en las cartas atribuidas a Juan, en el Nuevo Testamento, donde anticristo significa literalmente ‘contra Cristo’ o ‘en lugar de Cristo’. Allí no se presenta todavía como una única figura apocalíptica que gobernará el mundo al final de los tiempos, sino que se habla de quienes niegan a Cristo y se afirma que ‘muchos anticristos’ ya han aparecido. Es decir, en su origen el concepto funcionaba más como una categoría para identificar a adversarios religiosos que como el nombre propio de un personaje.
La asociación del Anticristo con un gran enemigo final de Cristo surgió de la combinación posterior de esas referencias con otras figuras del imaginario bíblico, especialmente la ‘bestia’ del Apocalipsis, el ‘hombre de pecado’ u ‘hombre de iniquidad’ de la Segunda Carta a los Tesalonicenses y determinados pasajes del libro de Daniel. Con el desarrollo de la tradición cristiana, esas figuras fueron fusionándose hasta formar la imagen de un poderoso adversario que aparecería antes del fin de los tiempos, engañaría a la humanidad y se enfrentaría finalmente con Cristo.
Durante la Edad Media, el Anticristo se convirtió además en una herramienta para representar a enemigos políticos, religiosos o sociales, una tradición que ayuda a entender por qué, muchos siglos después, la palabra puede reaparecer en el lenguaje político para transformar al adversario en una encarnación absoluta del mal.
La frase tiene un antecedente histórico interesante porque llamar a un adversario ‘Anticristo’ supone algo más que definirlo como enemigo político: transforma la disputa en una confrontación entre el Bien y el Mal. Algo muy presente en el discurso de Milei, que se cree elegido por Dios y acompañado por las Fuerzas del Cielo.
En Estados Unidos: durante el New Deal, sectores fundamentalistas llegaron a vincular a Franklin D. Roosevelt y al intervencionismo estatal con el escenario que precedería la llegada del Anticristo; durante la Guerra Fría, parte del evangelismo estadounidense incorporó al comunismo soviético a una narrativa religiosa del fin de los tiempos, en un clima que décadas después también alimentaría la retórica de Ronald Reagan sobre el ‘imperio del mal’.
La figura del Anticristo reapareció posteriormente asociada, desde distintos sectores religiosos y políticos, con figuras tan diversas como Barack Obama, Saddam Hussein, Benito Mussolini o Vladímir Putin, aunque se trata de fenómenos de naturaleza y peso político diferentes.
El caso de Donald Trump resulta especialmente paradójico: mientras algunos cristianos evangélicos lo presentaron como una figura providencial, otros terminaron planteando la posibilidad inversa, identificándolo con el Anticristo.
En la cultura pop, durante el auge del punk en 1977, Johnny Rotten, cantante de la banda Sex Pistols, en los primeros versos de la canción ‘Anarquía en el Reino Unido’, cantaba ‘yo soy el anticristo’ para posicionarse como outsider, en las antípodas de la sociedad inglesa que buscaba criticar.
En el presente, el antecedente quizá más sugestivo para el caso argentino sea Peter Thiel, quien ha reflexionado públicamente sobre el Anticristo como una figura vinculada a un poder mundial capaz de prometer ‘paz y seguridad’ a cambio de mayores mecanismos de control, identificándolo, por ejemplo, con Greta Thunberg. Thiel ha dado múltiples conferencias y charlas hablando del Anticristo. El vínculo adquiere una dimensión particular porque Caputo se reunió este año con Thiel en Buenos Aires.
Pero lo interesante es que la utilización de esta categoría en boca de Caputo revela un cambio de registro. El mecanismo retórico puede describirse como una escalera que va del adversario al enemigo, del enemigo al enemigo absoluto y del enemigo absoluto a la encarnación del Mal: si Kicillof simplemente estuviera equivocado, sería posible discutir con él; si representa intereses contrapuestos, se puede negociar; si es un enemigo político, se lo intenta derrotar electoralmente; pero si es el Anticristo, negociar con él se vuelve moralmente inviable.
La frase de Caputo construye así una tríada casi religiosa —kirchnerismo = infierno, Kicillof = Anticristo, Gobierno de Milei = barrera frente a su regreso— que desplaza la discusión sobre cuánto Estado, qué impuestos, qué régimen cambiario o qué política industrial hacia una disputa entre el Bien y el Mal. Dota al Gobierno de características escatológicas. La barrera para frenar el avance del infierno en la tierra.
Antes de ser presidente, Milei mismo utilizó imágenes teológicas para atacar a sus adversarios, al llegar a definir al Papa Francisco como ‘representante del Maligno en la Tierra’. La salvedad aquí es que, cuando Milei criticaba al papa y al establishment, era el outsider, y hoy es Gobierno.
Entonces, la utilización retórica de la figura del anticristo cobra otro significado: cuando la política deja de poder prometer el paraíso, necesita convencer de que la alternativa es el infierno. No solo les digo qué conseguirán conmigo; les digo qué perderán sin mí.
Algo similar a lo que Milei mismo denunciaba en la campaña contra Massa como ‘la campaña del miedo’. Las cosas que los adversarios de La Libertad Avanza agitaban que pasarían si Milei llegaba a la presidencia.
Recordemos que el discurso venía siendo otro. Caputo prometía los mejores 18 meses de la economía argentina, mientras Milei aseguraba que, con su modelo, vamos camino a ser potencia mundial.
En la primera etapa el razonamiento es: ‘seguime porque te voy a llevar al paraíso’. Cuando la promesa comienza a encontrar límites, puede aparecer otro: ‘aunque todavía no llegamos al paraíso, no me abandones porque los otros nos llevan al infierno’. El pasaje de ‘promesa positiva’ a ‘advertencia negativa’ aparece con bastante frecuencia cuando un gobierno enfrenta desgaste.
Cambia el centro de gravedad de la legitimación. En lugar de ‘apóyeme por lo que voy a construir’, pasa a ser ‘apóyeme porque lo que viene sin mí será peor’. La literatura sobre comunicación política estudia precisamente esa combinación y desplazamiento entre hope appeals y fear appeals.
La primera parte de un presente insatisfactorio y propone un futuro deseable que todavía no existe: el candidato ofrece una transformación y se presenta como el vehículo para alcanzarla. La segunda funciona en sentido inverso: identifica una amenaza, advierte que puede afectar al ciudadano y sostiene que existe alguien capaz de evitarla. En términos políticos, la diferencia podría resumirse así: la esperanza pregunta ‘¿qué voy a ganar si ustedes siguen gobernando?’, mientras que el miedo plantea ‘¿qué puedo perder si ustedes dejan de gobernar?’.
Esto permite formular una hipótesis interesante sobre el tránsito de un gobierno desde la oposición hacia el ejercicio del poder. Un candidato opositor puede construir su legitimidad alrededor de la promesa de un futuro mejor; pero una vez en el gobierno, esa promesa queda sometida al paso del tiempo y a la experiencia concreta de los ciudadanos. Cuando parte del futuro prometido todavía no se materializa, aparece una alternativa narrativa: ya no convencer solamente por lo que el Gobierno puede conseguir, sino por lo que sus adversarios podrían hacer perder.
Esto permite sumar una vuelta freudiana a la hipótesis: el hope appeal necesita que el ciudadano conserve la ilusión de obtener aquello que se le promete, mientras que el fear appeal puede prolongar una adhesión incluso cuando esa ilusión comienza a deteriorarse, porque cambia el objeto emocional.
El miedo puede funcionar como una suerte de transferencia de la ilusión, desplazándola del futuro prometido hacia el peligro que supuestamente debe evitarse. Pero incluso esa estrategia tiene un límite: la repetición constante de una amenaza puede producir habituación y reducir su impacto, abriendo una cuarta etapa posible —la indiferencia— que conecta con el tránsito que veníamos analizando de indignación a pena y de pena a ridículo.
El pasaje del paraíso al infierno puede leerse, entonces, como un cambio en la fuente de legitimidad del Gobierno: de la promesa de un futuro extraordinario a la advertencia sobre el peligro que representaría su ausencia. Si antes la pregunta era qué podía ganar la sociedad con Milei, ahora el discurso de Caputo empieza a poner el foco en qué podría perder si vuelve el kirchnerismo. Eso demuestra que el modelo no es lo suficientemente fuerte para sostenerse por su propio peso, y puede ser leído como un síntoma de agotamiento. Cuando un Gobierno necesita recurrir cada vez más a la amenaza del adversario para justificar su continuidad, cabe preguntarse si el cambio de estrategia discursiva está revelando que ya no tiene nada suficientemente bueno para ofrecer.
También puede leerse esta operación en términos freudianos como una forma de proyección: atribuir al otro aquello que resulta difícil reconocer o elaborar como propio. En ese sentido, cuando Caputo convierte a Kicillof en la representación del Anticristo y al kirchnerismo en el infierno, no solo describe a un adversario: expresa el miedo que les tiene. Para él son el infierno y el anticristo. Kicillof representa un infierno para el propio Caputo porque es una amenaza electoral que debe ser conjurada.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira.