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Juventud en expansión: ¿por qué nadie quiere dejar de ser joven?

¿Qué significa ser joven hoy? Más allá de una cuestión biológica, la juventud se configura como un espacio social en constante transformación, cuyos límites se desdibujan. Valeria Manzano, historiadora e investigadora del CONICET, dedica su trabajo a desentrañar los significados cambiantes de esta categoría a lo largo del tiempo. Su mirada ofrece claves para comprender dinámicas actuales que van desde la dificultad para emanciparse del hogar familiar hasta la influencia de las culturas digitales.

Un territorio que se amplía

Según Manzano, en las últimas dos décadas se ha producido un «aplanamiento» del sistema de edades, donde la juventud ocupa un lugar central. Por un lado, la niñez accede cada vez más temprano a códigos adolescentes, a través del consumo, la vestimenta y cierta sexualización prematura. Por el otro, la salida de esta etapa se posterga, dificultada por obstáculos socioeconómicos concretos, como la imposibilidad de formar un hogar propio.

«Existe un deseo colectivo de permanecer en el territorio de la juventud», afirma la especialista. Este fenómeno no es ajeno a pautas de consumo y a una cultura que valora lo juvenil por sobre otras edades. Un dato elocuente: Argentina es el segundo país de América Latina en cantidad de procedimientos estéticos, una industria que promete, en muchos casos, mantener una apariencia joven.

El edadismo y la adultez difusa

¿Qué rol juega el prejuicio que asocia vejez con decrepitud? Para Manzano, el «edadismo» es un factor clave que ha contribuido a borronear la figura de la edad adulta como etapa válida y deseable en sí misma. «La contraposición pareciera ser efectivamente juventud versus decrepitud, sin que opere ese eslabón que estaba suavizando ese pasaje», explica.

Esta dinámica plantea un interrogante: ¿qué significa ser adulto en la actualidad? La investigadora sugiere que es un concepto que se está difuminando, perdiendo el consenso social que alguna vez tuvo. En este contexto, nociones como «envejecimiento saludable» podrían leerse como intentos simbólicos de encontrar una salida a este prejuicio, aunque sin restablecer plenamente el valor de la adultez.

Marcadores históricos y nuevas rupturas

Al analizar las continuidades, Manzano destaca el papel del Estado, especialmente a través del sistema educativo, en establecer marcadores de edad. La obligatoriedad de la escuela media y la expansión de la educación superior universitaria desde los años 80 consolidaron a la formación como un hito juvenil.

Sin embargo, aquí también hay una ruptura. «La confianza en que estar mejor educado implica ascender socialmente se quebró en algún momento de los 90», señala. Este quiebre en el vínculo entre educación y movilidad ascendente es, según su análisis, muy difícil de recomponer y marca una experiencia generacional específica.

Juventud, consumo y política

Otra línea de continuidad histórica que se ha intensificado es el vínculo intrínseco entre identidades juveniles, cultura de masas y consumo. La era digital ha colocado nuevamente a los jóvenes en el centro, acentuando la brecha con generaciones anteriores a través de la figura del «nativo digital».

En el plano político, la relación entre juventud y movilización de masas también es histórica. «A lo largo del siglo XX, los partidos que pretendieran tener relevancia desarrollaron sus ramas juveniles», recuerda Manzano. Esta tendencia continuó en el siglo XXI, con una intensa atracción de jóvenes a organizaciones de todo el espectro ideológico. Las grandes oleadas de movilización de las últimas décadas, como el feminismo, han tenido a los jóvenes como protagonistas indiscutidos, demostrando el poder de esta etapa como motor de cambio y arena de disputa ideológica.

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