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Creció en las entrañas del Teatro Colón y besó la mano de Maya Plisetskaya

Sergio Kuchevasky pasó su infancia entre bambalinas, decorados y ensayos. Su padre, figurante histórico del Colón, le enseñó a mirar lo que el público no ve. Ahora, a los 50 años, publicó «Cajita de colores», un libro que rescata ese mundo secreto.

Sergio Kuchevasky creció en las entrañas del Teatro Colón. De chico se sentó en la butaca del palco presidencial, en la primera fila de la platea, detrás del escenario, recorrió los pasillos y los depósitos donde dormían los restos de óperas antiguas. Mientras otros chicos descubrían el mundo en la calle o en la cancha, él lo hacía entre escenografías y luces.

Su padre lo guiaba por ese universo secreto y le proponía un juego que era, a la vez, un aprendizaje: mirar una parte de un decorado e intentar adivinar a qué obra pertenecía. Así, un puente podía parecer París y, desde otra perspectiva, convertirse en parte de una ambientación asiática de Turandot. En el teatro, la imaginación y la realidad se mezclaban todo el tiempo.

De esa infancia extraordinaria nació Cajita de colores, el libro con el que Kuchevasky puso en palabras un mundo que durante años parecía imposible de contar.

—Todo empezó con una mudanza y una cajita de colores. ¿Cómo fue ese momento?
—A los 50 años me toca hacer una mudanza de mi casa. Como pasa siempre, aparecieron bártulos de distintas épocas y, particularmente, una caja que teníamos guardada con cosas de la familia. Eran objetos de la época de trabajo de mi papá en el Teatro Colón. Y entre muchas otras cosas apareció una caja de colores, con todas las pinturas en perfecto estado. Eso me impresionó muchísimo. Me quedé con esa caja, la separé del resto. Adentro había juegos completos de colecciones de discos de pasta, un grabador Sony, también encontré pelucas, discos… Pero la cajita era otra cosa.

—Su padre fue la gran puerta de entrada a ese mundo. ¿Quién era él dentro del teatro?
—Mi papá entró muy chico a la escuela del Teatro Colón. Se iba a perfilar para el coro, pero a él le fascinaba la tarea del figurante, por eso cuando se crea el cuerpo estable de figurantes del teatro se cambia del coro a figurante. Los figurantes son todos los que están en una obra sin ser el cantante. Muchas veces tienen papeles protagónicos y otras veces secundarios. Pueden ser la pareja del rey, parte de un pueblo, soldados… todo lo que ves en escena y no es el protagonista principal. Cuando lo empiezo a acompañar, entre los 7 u 8 años, mi papá ya era jefe de figurantes. Después fue director del cuerpo de figurantes, luego subinspector de escenario y termina como inspector de escenario, después de 45 años en el Teatro Colón.

—¿Qué le enseñó su padre a mirar que los espectadores comunes no ven?
—A ver una obra desde otro lado, a contemplar todo lo que el espectador no mira. Muchos van y se quedan con si les gustó o no la interpretación, si les gustó o no la puesta en escena, si el guion los apasionó más o menos. Y yo veo todo. Veo la puesta, la luz, el vestuario, la entrada de la gente, lo que pasa atrás. Mi papá me enseñó eso: a mirar lo que no se ve.

El día más esperado era el domingo. Desde Villa Bosch hasta el Colón había un ritual: tren, subte, café en Tabac, entrada al teatro. Ahí empezaba otra vida. Mientras el padre trabajaba, el hijo recorría pasillos, costados de escenario, puentes de luminotécnica, camarines, depósitos. El Colón era una ciudad secreta.

—¿Cómo lo vivía de chico? ¿era un juego o un privilegio?
—Primero fue un juego y después, con el paso del tiempo, fue un privilegio único. Yo estaba el 90 por ciento del tiempo detrás de escena, o en un costado del escenario, o con el director de luminotécnica, o con el vestuarista, o con un sastre. Ahí fui entendiendo que la magia no era sólo lo que pasaba adelante.

—En el libro aparece mucho de esa idea: la de los oficios invisibles.
—Claro. Son los que sostienen el aplauso detrás del telón. Vos ves solamente a uno, a diez, a cuarenta, pero atrás hay una cantidad de gente trabajando para que eso pase. Eso siempre me fascinó. El teatro, para mí, no es sinónimo de cultura solamente. Es algo apasionante. Y cuanto más se lo abra, mejor.

En esa infancia entre bambalinas hubo escenas imposibles de olvidar. Una de ellas tuvo como protagonista a Maya Plisetskaya. Kuchevasky era apenas un chico y la vio morir en escena sin saber todavía quién era ni qué estaba viendo exactamente. Después la saludó en el camarín. El contraste lo marcó para siempre.

—Maya vino tres veces al Colón. En una de esas actuaciones hizo El lago de los cisnes. Ella muere en escena y a mí me toca estar en un puente de luminotécnica. Se apagan todas las luces y queda un solo foco, solamente Maya iluminada en escena, en la muerte del cisne. Yo me quedo mirando esa escena tremenda, para un pibe al que nadie le había explicado la previa. Yo había visto los cisnes que bailaban y todo, pero no sabía que la protagonista terminaba muriendo en escena. Y tampoco sabía quién era Maya. Cuando termina, me llevan de la mano al camarín y la saludo. Para mí fue como: “Te moriste hace diez minutos y ahora estás acá, saludando, con una sonrisa”. Una divina. Una suavidad en sus manos… Creo que fue la primera mujer a la que le di un beso en la mano. Y salí del camarín con todo el olor a rosas.

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