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De HAL 9000 a la IA actual: el legado de ‘2001: Odisea del espacio’ y su vínculo con la Argentina de hoy

Un recorrido por la icónica computadora de Kubrick, la inteligencia artificial contemporánea, el fenómeno Colapinto y la lucha contra la corrupción en la Justicia argentina.

Recuerdo que a la edad de 10 u 11 años, un cuñado mío me llevó a ver “2001: odisea del espacio”, una película de Stanley Kubrick que en su momento cobró notoriedad. Película muy densa y difícil de entender, al menos para un chico de mi edad. Mi cuñado, que ya la había visto y había quedado fascinado con esa obra cinematográfica -que sin duda marcó una época- me explicaba cada escena por más insignificante que fuera para que yo pudiera comprender, al menos, una parte. La música de Strauss, con su genial “Así habló Zaratustra”, le daba un toque mágico.

Lo cierto es que lo que más me impactó de la película fue el protagonismo de una computadora, Hal 9000, que controlaba los pasos de los dos astronautas que habían ido al espacio. No sólo los controlaba, sino que esos dos hombres le consultaban ante cada problema que se les presentaba. Hal, mientras tanto, los estudiaba, leía sus labios sabiendo lo que tramaban. En suma, tenía sobre ellos un dominio total. En un momento, la máquina, dotada de una inteligencia superior, decide eliminar a uno de los viajeros ante la sospecha de que a ella pudieran hacerle algo. La situación se torna en pesadilla. Era la Inteligencia Artificial (IA), expuesta por Kubrick en la década del 60, la que comenzaba a hacer estropicios, con la intención de dominar totalmente al hombre.

El astronauta sobreviviente, ante el peligro que significaba convivir con ese asesino escondido en una computadora, no se queda quieto. Es el hombre que actúa, que procede; no se dejará atropellar por esa inteligencia que hoy está vigente e intenta dominar a la especie humana. Ese hombre, solo y desamparado, decidió tomar la mejor solución para el futuro de la humanidad: desconectar la computadora.

Franco Colapinto cosechó triunfos en varias categorías y en 2019 fue campeón de Fórmula 4 en España. Sin embargo, en la Fórmula 1 nunca ganó una carrera. Entonces… ¿por qué convocó ayer a más de medio millón de argentinos en la exhibición que dio en Palermo? La respuesta es simple. Familias enteras fueron a ver a un pibe de 22 años que todavía no se subió a un podio, pero trabaja en lo suyo con respeto a los demás, pone sacrificio y capacidad en lo que hace con la esperanza de algún día ver realizado sus sueños. Qué envidia para algunos que la función del servicio público y su efímera hora de poder los hacen olvidar para qué fueron elegidos. Cuánto darían por convocar cuatro Plazas de Mayo jubilosas con banderas argentinas. Y por sobre todo, el cariño que ningún pueblo regala porque sí. En Franco se valora su empeño, constancia y se espera de él grandes cosas. Las multitudes felices de verlo fueron la mejor prueba de la orfandad que sufre la sociedad argentina ante la falta de ejemplos genuinos donde verse representada en los valores importantes: trabajo, honestidad y fe.

Párrafo final para la ternura de sus abrazos a la abuela. Un gesto similar al que Leo Messi le dedicó siempre a la suya, aunque ya no está con él. Abrazos que su abuela gozó como seguramente yo y todos los abuelos disfrutamos cuando un nieto nos acerca su cariño.

La fiscal federal Fabiana León, de trabajo impecable en el juicio de los Cuadernos, después de escuchar a las defensas de más de 40 acusados de pagar coimas durante el gobierno de los Kirchner (ante el TOF 7) dejó una reflexión para enmarcarla y exponerla en las aulas de las Facultades de Derecho en la Argentina ante la propuesta de los abogados defensores que ofrecieron un resarcimiento económico para evitar estar sentados en el banquillo el 6 de noviembre. “La corrupción se combate juzgando, no sustituyendo el juicio por reparaciones económicas”, sentenció León: intentar evitar el debate legitima la “tarifa de salida”, erosiona la previsibilidad y fomenta la reincidencia. Porque no afecta sólo un patrimonio aislado: la corrupción corroe instituciones, distorsiona decisiones administrativas, afecta la competencia y erosiona la confianza pública. Ese daño no tiene precio y su reparación no es mensurable. Figuras como usted y algunas más nos hacen pensar que no todo está perdido en la Justicia argentina.

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