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La increíble historia de Alberto «Uru» Sanabria: el pilar de 56 años que sigue jugando al rugby en la URBA

Con 56 años y 38 temporadas en la URBA, Alberto «Uru» Sanabria es un caso único en el rugby mundial. Debutó en Primera escapándose del servicio militar, jugó para Uruguay y hoy sigue compitiendo en Las Cañas.

Hay un tipo al que conocen todos en el mundo del rugby. De un lado y del otro del Río de la Plata saben del «Uru» Sanabria, que empezó a jugar de «grande», a los 17 años, y no paró nunca más. A los 56, va por su 38° temporada y no hay otro en el mundo con esa vigencia.

Hombre de Matreros, donde jugó en la Primera, tiene en el lomo seis ascensos, algunos de ellos a la cima de los torneos de la URBA. También descensos, siempre en la cancha, como titular, suplente, o subiendo por algunos partidos a Primera. Durante muchísimos años fue imposible pensar en un equipo sin él, hasta que sucedió. Afincado en Cañuelas, hoy Alberto Sanabria defiende los colores de Las Cañas y sigue haciendo historia, ahora en la Segunda.

Este sábado jugó todo el partido en Intermedia (ganó 42 a 23) y 10 minutos en el de Primera. «Me fue muy bien en el scrum ¿Qué más puedo pedir? Estoy recontento», asume en una conversación con Clarín.

El «Uru» viene de uruguayo, por la nacionalidad de sus padres, y le vino al dedillo cuando el seleccionado de ese país lo convocó cuando maduraba la década del 90. Enfrentó a Los Pumas y formó parte en el Sudamericano y en el Panamericano de 1998 de Los Teros, que siguieron sin él su camino al Mundial de 1999.

Sintió en el rugby su conexión con la vida. «Encontré un lugar en el mundo, donde fui y soy yo, con lo bueno y lo malo. Donde nunca tuve que fingir ni intentar nada, me sentí muy cómodo y donde explotaron lo mejor de mí. Nunca me pidieron cosas que no podía dar. Me pidieron lo que fui siempre. Por eso me sirvió para la vida. Nadie me dijo: ‘Sos un choto porque no pateás drops’. Para mí el rugby se disfruta, no es diversión. Divertirse es en el boliche; al rugby lo disfruto muchísimo», explica.

Para él, el rugby es todo. De manera literal. No sólo juega los sábados y para eso se entrena dos veces por semana, sino que también forma parte del proyecto Pumpas XV, un seleccionado argentino que integra a jugadores con diversidad de capacidades intelectuales y entra a las cárceles donde los presos practican el deporte y aporta lo suyo. Lo invitan y va.

Cuando le tocó debutar en Primera, antes de cumplir 20, tuvo que resolver un detalle para lograrlo. Estaba cumpliendo el servicio militar obligatorio, pero había perdido el permiso para ausentarse por lo que define como un «inconveniente técnico». El momento soñado era un amistoso ante CASI, entonces plagado de Pumas, pero se interponía un castigo militar.

Desde el teléfono público llamó a su madre para coordinar la salida con la indicación de que no lo esperara en la entrada principal, sino en el portón trasero. A la hora indicada y desde la cornisa del paredón, vio a su madre llorando en el auto, rogándole que no saltara. Del lado de adentro, un sargento le advertía que podía dispararle, que si se escapaba lo detendrían por deserción. «‘Por favor, no te lastimes que vamos todos presos’, me terminó diciendo el jefe de la guardia. Así debuté en Primera y desde ese primer partido en 1989 hasta hoy no largué nunca», aclara.

Jugó en el final de la década del ‘80, en la del ‘90, los 2000, 2010 y lo que lleva de este decenio. A esta altura jugó hasta con los hijos de quienes fueron sus rivales o compañeros y si se pone a buscar, seguramente con algún nieto también. Desde la URBA admiten que es un caso «poco habitual», pero que no hay registros etarios. En la World Rugby suponen que no. «Qué caso interesante. En principio no creo que tengamos ese registro ni otro, pero me interesa preguntar a otros colegas», devuelven por mail desde la entidad madre del rugby Mundial.

Sanabria puede desmenuzar su pasión. El scrum es su hábitat natural. Se emociona cuando habla de esa instancia. Habla de lealtad, de muerte y de responsabilidad. «Seguramente algunos más», se ríe cuando le preguntan cuántos scrums habrá disputado, con un cálculo imposible.

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