Una empleada doméstica de Neuquén contó su presunto encuentro con fuerzas oscuras a comienzos de siglo. La historia, que mezcla superstición y fe, sigue viva en la memoria de quien la escuchó.
Su nombre era Andalicia, pero todos le decíamos Tani. Fue la empleada que ayudaba a mis padres en casa a comienzos de este siglo. Tani tenía 25 años: bajita y de talla grande. Recuerdo que se agitaba cuando trapeaba el piso, que se reía con ganas cuando aquel albañil chileno que tanto le gustaba le susurraba piropos y que cocinaba desmesuradas porciones de fideos con un tuco preparado desde cero. Pero lo que más recuerdo es su encuentro con el diablo.
Vivía en Cipolletti, una ciudad rionegrina a unos ocho kilómetros de mi casa, en Neuquén capital. Por esa época, Cipolletti se había ganado una reputación lúgubre entre muchas familias impresionables, incluida la mía: había sido escenario de crímenes particularmente macabros y, según los rumores, abundaba la magia negra. Para mi susceptible cerebro preadolescente, vivir allí era casi tan seguro como pasar la noche en un cementerio embrujado. Por eso, cuando Tani me reveló su presunto roce con las fuerzas oscuras me pareció perfectamente verosímil.
El episodio había ocurrido uno o dos años antes de que empezara a trabajar para mi familia, entre 1999 y 2000. Todavía recuerdo cómo me lo contó: sentada frente a mí, con una mano apoyada sobre cada rodilla, la voz alegre volviéndose cada vez más ominosa, los ojos tan abiertos que parecían dolerle.
Aquella mañana había comenzado como cualquier otra. Tani, que vivía con sus padres, acababa de salir de la ducha y se preparaba para acompañar a su madre a una de las casas donde trabajaban limpiando. Cuando salió a la calle a buscarla, descalza y a los apurones, sintió algo extraño bajo el pie: había pisado un sobre lleno de ramitas, hojas secas y otros elementos difíciles de identificar. Al agacharse a revisarlo, apareció su madre, quien la retó de inmediato. “Tirá esa porquería”, le gritó. “Es un gualicho”.
Tani obedeció y siguió con sus preparativos. Pero de un momento a otro comenzó a sentir náuseas y debió recostarse. Cancelaron sus planes para que hiciera reposo pero, hacia la noche, el cuadro empeoró: una fiebre altísima y una infección en el pie, ahora hinchado, púrpura y húmedo como una extraña criatura marina, la arrastraban hasta el precipicio del delirio. Su madre buscaba bajarle la temperatura apoyando trapos mojados sobre su frente. En las alucinaciones, sin embargo, no existía la fiebre: Tani era llevada en andas por seis duendes hasta un arroyo a través de un bosque sereno y fresco.
Entonces llegó el verdadero sobresalto. Un golpe seco en el techo de chapa. Luego otro, y uno más. Parecían pasos, aunque no de humanos. Sonaban, más bien, como pezuñas. Los padres de Tani salieron a la calle y lo vieron: no podía medir más de un metro, un hombre diminuto con piernas de cabra que ahora zapateaba sobre su techo. El estruendo de aquel tap satánico llamó la atención de los vecinos que, con una mezcla de miedo y bronca, se agolparon alrededor de la casa para insultar a la criatura que, lejos de detenerse, parecía revitalizarse con cada improperio.
Uno de ellos, al que Tani describió simplemente como “muy religioso”, apareció de pronto con un crucifijo y empezó a recitar en voz alta pasajes de la Biblia. Solo entonces el demonio detuvo su danza y se esfumó en el aire. En ese momento exacto, Tani recobró la conciencia, la fiebre extinguida, el pie curado.
Así me lo contó, palabras más, palabras menos. Según ella, nunca se supo quién había depositado el gualicho en su puerta ni a qué integrante de su familia estaba destinado.
Por esa época debí leer para el secundario libros como El caballero de la armadura oxidada, Juan Salvador Gaviota y El mundo de Sofía. No recuerdo una sola página de ellos, pero el relato de Tani sigue intacto en mi memoria. Supongo que es el poder de las buenas historias. Algún día, quizá, algo que cuente o escriba en estas páginas será recordado por otro con el mismo cariño.
Hasta entonces, un saludo a Tani, dondequiera que esté.