A lo largo de los siglos, varios grupos cristianos se separaron de Roma por desacuerdos con las normas del Vaticano.
ROMA.— Todos son cristianos, hijos de la fe que nació en Belén con Jesús y fue personificada en el mundo a través de San Pedro en Roma. Sin embargo, a lo largo de los siglos, diferencias profundas condujeron a cismas y dieron lugar a nuevas denominaciones cristianas, como los ortodoxos, los protestantes y los anglicanos.
La palabra “cisma” proviene del griego antiguo “schisma”, que significa “separación”. En el cristianismo, los cismas se diferencian de las herejías y las apostasías. El cisma es la ruptura de la unidad eclesiástica o de la autoridad, aunque la doctrina pueda seguir siendo sustancialmente la misma. En la herejía hay un rechazo de una doctrina considerada esencial por la Iglesia. La apostasía consiste en el abandono total de la fe cristiana.
El primer gran cisma fue el de 1054, conocido como el “Cisma de Oriente y Occidente”. Marcó la culminación de tensiones seculares que condujeron a la separación definitiva entre Roma y Constantinopla, así como entre las iglesias latina y griega. Roma afirmaba la primacía universal del Papa, mientras que Constantinopla abogaba por una Iglesia colegial dirigida por patriarcas.
Cinco siglos más tarde, en 1517, Martín Lutero, un monje agustino alemán, rompió con Roma en la “Reforma protestante”, una separación del Vaticano y del Papa. Menos de veinte años después, en 1534, se produjo el cisma anglicano: la separación de la Iglesia de Inglaterra respecto a Roma, impulsada por el rey Enrique VIII, quien rompió con el papa para casarse con Ana Bolena.
El patrón, según explicó monseñor Bruno Forte, arzobispo de Chieti-Vasto, se produce cuando “alguien profesa la fe de manera distorsionada y se opone a los pastores legítimos, empezando por el Papa, que es el Vicario de Cristo”. “Deciden seguir su propio camino, formulando afirmaciones doctrinales y teológicas falsas a la luz de la fe de la Iglesia y desobedeciendo explícitamente a quien tiene la misión de ser su Cabeza”, agregó.
Desde el siglo XX, especialmente tras el Concilio Vaticano II, ha crecido el movimiento ecuménico para promover la unidad entre los cristianos. Se han logrado avances en el diálogo entre católicos, ortodoxos y diversas iglesias protestantes, aunque persisten diferencias sobre la autoridad del papa, algunos sacramentos, la organización de la Iglesia y ciertos aspectos doctrinales y morales. El último gran gesto de acercamiento fue el servicio de oración entre el Papa León XIV y el rey Carlos de Inglaterra en octubre pasado.
“La esperanza de sanar la fractura debe estar siempre presente, como demuestran sesenta años de diálogo ecuménico. Pero no puede hacerse a costa de la verdad. No se puede actuar simplemente por capricho en nombre del diálogo”, sostuvo monseñor Forte.