Tres policías del colectivo LGTBI+ dedican su tiempo libre a formar a otros agentes en diversidad sexual y delitos de odio. Señalan avances legislativos, pero reconocen que persisten problemas internos.
Begoña Gallego, Elena Sánchez y Rufino Arco son policías del colectivo LGTBI+ que desde hace 12 años realizan tareas de concienciación y formación sobre diversidad dentro y fuera de la Policía Nacional. Los tres forman parte de la asociación LGTBIPol.
Según declararon en una entrevista con EFE, la asociación surgió a raíz de la historia de un compañero que quería denunciar a su novio por violencia intragénero, pero temía las consecuencias dentro de la institución. «Si a un policía le da miedo denunciar, qué no se le pasará por la cabeza a cualquier ciudadano», afirmó Gallego, presidenta de la asociación.
Gallego, de 52 años y lesbiana, lleva 24 años en el cuerpo. Trabaja en Participación Ciudadana tras pasar por la Unidad de Atención a la Familia y Mujer (UFAM), la Comisaría del Congreso de los Diputados y el País Vasco en la lucha antiterrorista contra ETA. Considera la asociación como un «puente» entre la sociedad y la Policía, y una herramienta de concienciación, visibilidad y formación en diversidad sexual y delitos de odio.
«La ciudadanía todavía nos ve como matones», indicó Gallego, y agregó que «hay muchos compañeros que son como ‘madelmans’ y muy poco empáticos, pero también muchísima gente dispuesta a entender». A su juicio, vivir dentro de la Policía como persona abiertamente homosexual «es tan difícil como hacerlo fuera: la Policía es un reflejo de la sociedad y hay tanta homofobia como en ella».
Elena Sánchez, de 49 años, policía desde 2007 y actualmente en la División de Cooperación Internacional, advirtió que la formación que brindan a sus compañeros a veces no llega a quienes están en la calle o tienen trato directo con la ciudadanía. «La Policía evoluciona gracias a estas formaciones y hemos contribuido a un avance legislativo, pero eso es la teoría y, de puertas para adentro, tenemos la casa sin barrer», sostuvo.
Para Sánchez, la formación es clave porque una sola mala praxis al recoger una denuncia «deja mal a todo el cuerpo». Afirmó que «es muy dañino que un compañero poco formado o totalmente ideologizado penalice a la policía». También alertó sobre la polarización social en las comisarías, donde muchos agentes «son incapaces de discernir entre personas e ideologías políticas». Agregó que el carácter «masculinizado» de la profesión provoca que hombres homosexuales «no encajen, sobre todo en unidades operativas».
Rufino Arco, de 43 años, gay, lleva 18 años en el cuerpo y está desplegado en el servicio de seguridad de la Embajada de España en La Habana (Cuba). Relató que al ingresar en la Escuela de Policía de Ávila estuvo meses sin revelar su orientación sexual. «La gente cercana te apoya, pero los chascarrillos no desaparecen», dijo. Consideró que la «masculinidad hegemónica» impera en la Policía, pero «no hace falta ser un bigardo de dos metros para ser un buen agente».
Arco señaló que los mayores retos de la institución son sacar del «cajón» los protocolos sobre delitos de odio, que «llevan años allí», y abordar el ingreso de personas trans en el cuerpo. Por su parte, Gallego indicó que les gustaría «dejar de existir: que no tenga que haber una asociación que luche por los derechos de las personas LGTBI; que la Policía llegue a ser autónoma y dejemos de ser necesarios».