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Alejandro Artopoulos: “La escuela tiene que recuperar la capacidad de imaginar futuros posibles”

El sociólogo y doctor en Sociedad de la Información, Alejandro Artopoulos, sostiene que la escuela debe abordar la inteligencia artificial con una perspectiva crítica, abandonando la idea de que es una herramienta más, y reensamblar tecnologías digitales y analógicas para preservar habilidades como la escritura y la imaginación de futuros.

La irrupción de la inteligencia artificial generativa volvió a poner a la escuela frente a una pregunta conocida, pero con una intensidad inédita: qué hacer con las nuevas tecnologías. Para Alejandro Artopoulos, el desafío exige abandonar la mirada ingenua que piensa a la IA como “una herramienta más” y desarrollar una perspectiva crítica sobre las tecnologías que ingresan al aula. Eso implica “reensamblar” la escuela para combinar las innovaciones digitales con “viejas” tecnologías como el cuaderno y el pizarrón.

Sociólogo por la Universidad de Buenos Aires y doctor en Sociedad de la Información y el Conocimiento por la Universitat Oberta de Catalunya, Artopoulos es profesor de Tecnología y Cambio Educativo y director académico del Centro de Innovación Pedagógica de la Universidad de San Andrés, además de investigador de la Comisión de Investigaciones Científicas de la provincia de Buenos Aires. Acaba de publicar Tecnopedagogías. Superpoderes docentes en la era de la IA (Aique), un libro coral con aportes de diversos autores que apuntan a abrir la “caja negra” de la tecnología.

–Una idea central del libro es que la escuela no debe abordar la IA como una nueva “herramienta”. ¿Qué perdemos de vista cuando decimos que la IA es una herramienta más?
–La metáfora de la herramienta fue útil durante mucho tiempo, cuando las tecnologías digitales provocaban cambios relativamente sencillos en nuestra cognición. Podían hacer trabajos muy rápido, como ordenar una base de datos, pero no generaban una disrupción en nuestra cabeza, no nos sorprendían. La fascinación que tenemos hoy con la inteligencia artificial no sucedía con un algoritmo de una plataforma, con una aplicación de ofimática, con Padlet o con Google Docs. Hoy muchos especialistas coinciden en que la metáfora de la herramienta quedó obsoleta y que necesitamos avanzar hacia otro tipo de recursos retóricos y, si se quiere, teóricos. Por eso el libro busca impulsar una idea que ya viene de antes y que está bastante adoptada por la comunidad educativa en muchos países: el concepto de tecnopedagogías.

–¿Qué implica la noción de “tecnopedagogía”? ¿En qué se diferencia de otros modos de entender la relación entre educación y tecnología?
–La tecnopedagogía implica unir tecnología y pedagogía para dar respuestas complejas a los desafíos de la escuela. Supone pensar al mismo tiempo los problemas de la enseñanza y tener la sensibilidad necesaria para seleccionar las tecnologías apropiadas para esos procesos. Es decir, requiere una mirada crítica sobre la tecnología. Un ejemplo es lo que pasó con las redes sociales. Durante mucho tiempo se las vio como aliadas de la educación. Hoy sabemos que Instagram tiene muchos problemas vinculados con la crisis de salud mental, y tenemos claro que no solo Instagram, sino también TikTok o X, tienen que quedar fuera del aula porque no permiten las condiciones básicas para un proceso de aprendizaje.

–¿Cuál es el aporte central del libro en relación con estas “tecnopedagogías”?
–Este es uno de los primeros libros en castellano de divulgación de los conceptos fundamentales de los estudios críticos de la tecnología en educación. Por supuesto, conocemos a Neil Selwyn y a otros especialistas anglosajones, pero esos trabajos no tienen nuestro contexto ni nuestra mirada sobre la escuela latinoamericana o argentina. El libro es una apuesta por acercar esta perspectiva a los docentes y también a los especialistas en tecnología.

–Junto a la IA, en la escuela persisten otras tecnologías que algunas miradas asocian con un modelo “anticuado”, como el pizarrón o la carpeta. ¿Pensás que van a quedar atrás? ¿O van a “reensamblarse” con las tecnologías digitales?
–La idea de reensamble consiste justamente en recuperar las tecnologías nobles analógicas. Volver, cuando sea necesario, al cuaderno, al pizarrón, a la palabra. Hoy está clarísimo que la mayoría de quienes leen libros prefieren el papel, aun cuando hubo muchísima innovación en e-readers, tabletas y otros dispositivos de lectura. Para recuperar el equilibrio necesitamos combinar tecnologías nuevas, avanzadas y de vanguardia, como la IA generativa, con las viejas y nobles tecnologías del conocimiento que ya conocíamos.

–El libro dedica un capítulo al pensamiento computacional y lo presenta como una habilidad esencial. ¿En qué consiste y cómo se puede enseñar en la escuela?
–El concepto de pensamiento computacional nace con Seymour Papert. Hoy yo definiría al pensamiento computacional como el pensamiento algorítmico que utilizamos para interactuar con máquinas computacionales complejas, tanto en nuestros vínculos con otras personas como en la producción intelectual. En relación con la IA, tener pensamiento computacional significa, por ejemplo, estar en condiciones de detectar una alucinación o de advertir que una IA no está respondiendo como esperamos. Implica entender que estas máquinas pueden fallar y contar con los medios para controlar esos errores.

–¿Qué pensás de las prohibiciones del celular o del uso de la IA? ¿Deberían ser decisiones que se tomen a nivel del ministerio, de la escuela, de cada docente?
–No creo que el prohibicionismo, de por sí, sirva ni tenga sentido. Pero entiendo que estamos en una etapa en la que necesitamos hacer un parate, barajar y dar de nuevo. Hemos llegado a un nivel de desgaste del tejido social y de las instituciones que vuelve necesarias algunas prohibiciones selectivas. El ejemplo que me gusta es el tabaco. Creo que con los algoritmos de persuasión y los algoritmos adictivos de las redes sociales va a pasar algo parecido. La consigna debería ser: enseñemos a usar la inteligencia artificial para que podamos seguir escribiendo con voz propia.

–Además de la escritura, ¿qué otras habilidades que consideramos esenciales están más expuestas ante el avance de la IA?
–Hay una habilidad que quizás no ponemos primero en la lista porque parece más específica, pero que hoy está siendo muy afectada: la programación. Pero creo que el principal problema no tiene que ver solamente con saber programar con asistencia de inteligencia artificial, ni con saber escribir o leer. Todas esas son habilidades importantísimas. Pero quizá la capacidad más profunda que estamos perdiendo es la de imaginar un futuro abierto. Por eso, uno de los temas centrales de la alfabetización en inteligencia artificial es recuperar la capacidad de imaginar futuros posibles, diferentes de aquellos hacia los que nos empuja la narrativa aceleracionista.

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