En el marco de las críticas internacionales que señalan a Argentina como un país racista, diversos sectores han salido a defender la idiosincrasia nacional. Este artículo repasa los argumentos históricos y legales que, según sus defensores, demuestran lo contrario.
En los últimos tiempos, una serie de críticas internacionales ha señalado a Argentina como un país racista. Ante este fenómeno, algunas voces sostienen que la respuesta más adecuada no es el enojo, sino la comprensión de las diferencias históricas y culturales entre Argentina y los países del hemisferio norte.
Según estos argumentos, muchas veces se juzga la historia argentina utilizando marcos teóricos diseñados para explicar los problemas de segregación y racismo de Europa y Estados Unidos. Se afirma que la segregación institucional y el racismo como ideología se instalaron con fuerza en Occidente durante el siglo XIX, con origen en los países del norte europeo.
Quienes defienden esta postura señalan que Argentina no es una copia de los modelos europeos, sino el resultado de un experimento institucional forjado por figuras como Juan Bautista Alberdi. Su prédica, afirman, sostenía que Argentina, en su esencia cultural, no podía ser racista.
El Estado-Nación europeo frente al proyecto alberdiano
Para entender esta disyuntiva, se compara la formación de las naciones en el siglo XIX. En Europa, el concepto de nación estuvo atado a la sangre, la etnia y el linaje (jus sanguinis), mientras que Alberdi propuso un modelo basado en un pacto cívico y la igualdad ante la ley. Las bases de la Constitución Nacional de 1853 no fundaron una nación basada en la sangre, sino en el territorio y la ley.
En términos constitucionales, el Artículo 20 otorga al extranjero los mismos derechos civiles que al ciudadano, y la adopción del territorio como criterio de nacionalidad (jus soli) elimina cualquier jerarquización racial. Para el liberalismo fundacional argentino, el único requisito para ser argentino era habitar el suelo y respetar el proyecto de vida del prójimo.
El orden espontáneo del crisol y la idiosincrasia de la mezcla
Al establecer reglas basadas en el individuo, el andamiaje alberdiano permitió un orden espontáneo. Como el Estado argentino no clasificó a sus ciudadanos por castas ni legisló dónde debían vivir según su origen, la sociedad civil cooperó, comerció y se mezcló.
Se argumenta que el modelo multicultural europeo contemporáneo genera diferencias: comunidades distintas que habitan la misma ciudad pero no se mezclan. El modelo argentino, en cambio, es asimilacionista. El inmigrante que llegaba no se aislaba; sus hijos iban a la escuela pública, jugaban en el club de barrio y se casaban con hijos de otras corrientes migratorias o con la población local. Se sostiene que la idiosincrasia argentina no tolera el gueto porque su cultura es integradora.
El lenguaje de la cercanía
Esta fusión cultural generó códigos sociales que, según se afirma, pueden ser de difícil comprensión para europeos y norteamericanos. Se menciona que ellos cuentan con un pasado imperialista que Argentina no tiene, y que en las corrientes políticas progresistas modernas cualquier mención al fenotipo es considerada una agresión.
En la idiosincrasia argentina, se sostiene, el proceso fue espontáneo porque no hubo un Estado segregador, y las diferencias de origen se transformaron en moneda corriente del afecto. Llamar a alguien ‘el ruso’, ‘el turco’, ‘el gallego’, ‘el tano’ o ‘el negro’ habría despojado a esas palabras de un supuesto veneno discriminatorio, integrándolas al humor y a la confianza cotidiana.
Finalmente, se reconoce que Argentina tiene problemas, especialmente económicos, pero se defiende que la matriz de convivencia no es racista, sino el triunfo histórico de un modelo liberal que entendió la verdadera inclusión como la igualdad ante la ley.