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Caso Isabella: señales que pueden revelar un patrón en muertes infantiles reiteradas

El psicólogo Alexis Alderete explicó qué indicadores clínicos y relacionales pueden alertar sobre un posible Trastorno Facticio Aplicado a Otro, conocido como síndrome de Munchausen por Poder, ante episodios médicos recurrentes en menores.

Buenos Aires, 2 agosto (NA) — La muerte de Isabella, la nena de dos años que falleció mientras estaba al cuidado de su madre, Lucía Sosa, reavivó el análisis sobre los antecedentes de la mujer, quien ya había sido investigada por la muerte de otras dos hijas. En ese marco, el psicólogo Alexis Alderete (MP 85367) explicó a la Agencia Noticias Argentinas cuáles son las señales que pueden llevar a los especialistas a sospechar que un episodio médico no responde a una sucesión de hechos fortuitos, sino que forma parte de una dinámica de maltrato, infanticidio o de un Trastorno Facticio Aplicado a Otro.

«Lo que separa un infortunio médico recurrente de un Trastorno Facticio Aplicado a Otro o una dinámica de maltrato o infanticidio reside en la aparición de patrones relacionales e indicadores clínicos muy específicos», señaló Alderete.

Entre esos indicadores, el especialista mencionó la repetición de episodios graves cuando el niño se encuentra exclusivamente con el mismo adulto y la desaparición o modificación de esos cuadros cuando intervienen otras personas. «Los eventos críticos ocurren exclusivamente cuando el progenitor está a solas con el menor. Nunca se desencadenan en presencia del equipo médico, enfermeros o terceros neutrales durante las internaciones», afirmó.

También señaló como alerta la falta de correspondencia entre las explicaciones del adulto y la evidencia médica: «Hay una falta de congruencia e inconsistencia en el relato del progenitor y la evidencia médica: explicaciones que cambian o son poco creíbles sobre cómo ocurrió el evento, por ejemplo, justificar sofocaciones reiteradas bajo pretextos como que ‘el aire era tóxico'».

Otro elemento que puede aparecer, según el psicólogo, es una reacción emocional que no se corresponde con la gravedad de la situación. «Muchas veces se observa una desconexión emocional o disociación afectiva. Las conductas que lleva a cabo el progenitor pueden estar acompañadas de una extraña calma ante situaciones de extrema gravedad médica, o de un discurso enfocado en la atención recibida por parte del personal más que en el sufrimiento físico del hijo», explicó.

En el caso de Isabella, uno de los elementos que adquirió relevancia es la existencia de antecedentes de otras muertes e internaciones. Alderete remarcó que el historial de una persona no puede analizarse como una simple suma de episodios. «En la investigación psicológica forense, el historial no se evalúa como una sumatoria de hechos del pasado, sino como la construcción del perfil vincular y la probabilidad de repetición del patrón. Lo que se busca es un perfil del progenitor y cómo, ante las mismas situaciones, tiene una conducta esperable de reacción. Misma situación disparadora, igual reacción conductual», sostuvo.

El especialista mencionó la denominada «autopsia psicológica del vínculo», una herramienta que permite reconstruir la manera en que un adulto ejercía la función parental. «La existencia de múltiples admisiones hospitalarias, diagnósticos contradictorios y desenlaces trágicos en lactantes anteriores rompe la premisa de la ‘muerte súbita aislada'», afirmó.

«Los antecedentes permiten poner en contexto las declaraciones de hijos mayores o familiares. Relatos sobre castigos físicos, dinámicas de encierro o temor hacia el progenitor adquieren una dimensión probatoria fundamental cuando coinciden con la mecánica detectada en las autopsias», agregó.

Sin embargo, Alderete remarcó: «Hay que evitar dos grandes situaciones: no ver el peligro real por la presuposición del ‘amor maternal’ y, por otro lado, el sesgo de confirmación o retrospectivo, que consiste en leer absolutamente todo el historial de la persona a través del prisma del trastorno o del delito, transformando cualquier caída, fiebre o llanto pasado en una prueba de maltrato».

Para el especialista, «el momento en que la alarma deja de ser una sospecha difusa y se convierte en una hipótesis de trabajo firme ocurre cuando convergen estos elementos». Uno de ellos es el fenómeno de la «habitación vacía», relacionado con la aparición de cuadros graves únicamente cuando el adulto tiene acceso exclusivo al niño. «Los episodios graves -apneas, sofocaciones, convulsiones, descompensaciones- suceden bajo la regla del testigo único. Cuando el niño es ingresado a observación y separado preventivamente del progenitor, o custodiado permanentemente por enfermería, el cuadro se estabiliza de forma drástica», describió.

En esa línea, consideró: «Hay un quiebre del principio de causalidad biológica: cuadros raros, cambiantes o refractarios a todo tratamiento convencional, donde la sintomatología no responde a ninguna ley de la anatomía o la fisiopatología conocida, pero encaja perfectamente con los tiempos de acceso a solas que tiene el adulto con el niño».

De esta manera, para el especialista, el análisis de los antecedentes en un caso como el de Isabella no debería reducirse a determinar si hubo episodios similares en el pasado, sino a establecer si esos hechos comparten una dinámica y si existe evidencia que permita sostener la hipótesis de un patrón. La evaluación, aclaró Alderete, debe distinguir entre una señal de alarma, una hipótesis clínica y una conclusión judicial, para evitar tanto la omisión de posibles situaciones de riesgo como la interpretación retrospectiva de cualquier episodio médico como una prueba de maltrato.

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