La figura del explicador, un narrador que acompañaba las proyecciones de cine mudo, es el eje de esta crónica que recorre su historia, desde sus orígenes hasta su desaparición.
Hace unos años, un espectador asistió con su hija a la proyección de la película Argentina, 1985 en un cine de Buenos Aires. Durante la función, comenzó a dar a la niña algunas referencias sobre el Juicio a las Juntas, contexto histórico del filme. Una señora sentada a su lado le reprochó: “¿Le vas a explicar toda la película?”. El hombre guardó silencio y continuó mirando la pantalla.
Esta anécdota remite a una práctica que existió en los inicios del cine: la del explicador. Según relata la filóloga y escritora española Irene Vallejo en su libro El infinito en un junco, en las primeras salas de cine mudo había un personaje cuya función era narrar al público lo que las imágenes no mostraban. Los explicadores, también llamados comentadores, describían escenas, representaban diálogos, leían los rótulos de las películas —muchos espectadores eran analfabetos— y utilizaban artilugios para reproducir sonidos. Vallejo señala que “ayudaban a suavizar el extrañamiento del cine, cuando las imágenes en movimiento entraron a nuestras vidas”.
Parados a un costado de la pantalla, con un puntero para señalar a los personajes, estos narradores dotaban a las escenas de dramatismo o comicidad. Su período de mayor actividad se registró en la primera década del siglo XX, hasta la llegada del cine sonoro. Algunos llegaron a ser figuras centrales en las salas.
Un trabajo de investigadores de la Universidad Complutense de Madrid recoge el testimonio de una mujer de Navarra que, en 1906, se refería a un comentador llamado Manolo: “Si se desarrolla una película que es un drama, nuestro hombre llora, grita, ríe o canta, según los pasajes. Puedo asegurar que son muchos los que asisten al cinematógrafo exclusivamente para oir la potente voz de Manolo”.
En Buenos Aires también hubo explicadores. Uno de los registrados fue Julián de Ajuria, inmigrante vasco que ejerció como narrador de cine en 1906. Posteriormente, en 1908, fue uno de los productores del primer éxito del cine nacional: El fusilamiento de Dorrego. En 1912 fundó la Sociedad General Cinematográfica y estableció el sistema de alquiler de películas a las salas.
Vallejo también menciona al benshi japonés Heigo Kurosawa, un explicador de Tokio que maravillaba al público. Tenía un hermano menor, a quien introdujo en el mundo del cine. Cuando el sonido llegó a las películas, Heigo perdió su fama y se suicidó en 1933. Su hermano, Akira Kurosawa, se convirtió en un reconocido director de cine.
El oficio de explicador ya no existe. Solo quedan algunos improvisados, como el espectador de la anécdota inicial.