Albert Verdú, de 39 años, es la tercera generación al frente de la Torroneria i Orxateria Verdú, un comercio familiar de Barcelona que mantiene su estética original desde los años ochenta. En diálogo con 100 x Día, describe el proceso de elaboración de la horchata, los cambios en el consumo y la presión de mantener un negocio con más de tres décadas de historia.
La Torroneria i Orxateria Verdú, ubicada en Barcelona, conserva desde su apertura a principios de los años ochenta un cartel blanco con letras azules y rojas, y una estética de comercio de barrio. Albert Verdú, propietario y tercera generación de una familia originaria de Xixona, explicó que el local mantiene su imagen original mientras realiza mejoras necesarias. “Es diferente ser antiguo a ser viejo”, afirmó.
Verdú, de 39 años, nació en Barcelona y pasó sus veranos de infancia y adolescencia ayudando a sus padres y abuelos. A los 25 años comenzó a trabajar a jornada completa en el negocio y continúa en la actualidad. Durante este tiempo, observó cómo la horchata dejó de ser una bebida estacional para ser consumida durante todo el año, incluso por turistas de distintas nacionalidades.
El establecimiento tiene dos temporadas principales: la de primavera y verano, centrada en horchata y helados, y la de otoño e invierno, dedicada a turrones, polvorones y mazapán. Durante el invierno, el local cierra para descansar y preparar la siguiente temporada.
En plena temporada alta, la jornada laboral puede extenderse desde antes de las ocho de la mañana hasta cerca de la medianoche. La horchata se elabora en el obrador de la calle València, donde trabajan el padre de Verdú y otros empleados. El proceso incluye lavado y desinfección de la chufa, molienda con agua, prensado, filtrado, adición de azúcar y enfriamiento. Verdú señaló que la calidad de la chufa, el agua filtrada por ósmosis y las proporciones son determinantes para el resultado final.
Los turrones, por su parte, se elaboran en Xixona, donde la familia participa en una cooperativa que comparte maquinaria y espacio con otros socios. Allí se utilizan ingredientes como almendra y miel, y se siguen fórmulas propias bajo supervisión. Únicamente la yema quema se realiza diariamente en el local de Barcelona.
Verdú indicó que el perfil del cliente cambió en los últimos años. “Se está desestacionalizando el consumo y también se han abierto las fronteras”, afirmó. Hace siete u ocho años no era común que personas de Japón, China, Taiwán o Corea pidieran horchata, y ahora es habitual. También mencionó a familias de Estados Unidos y Ucrania. La demanda puede extenderse hasta noviembre o diciembre, y al reabrir en abril ya hay clientes que la buscan.
El propietario destacó que la dificultad del oficio radica en solucionar problemas y adaptarse a situaciones nuevas. “El negocio de hoy no es el mismo que cuando empecé hace más de diez años”, sostuvo. La presencia de turismo obliga a explicar en varios idiomas qué es la horchata o qué turrones se ofrecen, algo que antes no ocurría.
La estética del local se mantiene por pedido de los clientes. “Nos dicen que les gusta”, declaró Verdú, y agregó que es posible conservar un estilo antiguo y al mismo tiempo mantener el local limpio y en condiciones.
En cuanto a los precios, Verdú afirmó que se busca un equilibrio entre adaptarse a la inflación y no perder el carácter popular del negocio. “Nuestros productos no son artículos de lujo”, dijo, y explicó que intentan mantener precios accesibles sin perder dinero ni abusar.
La reputación acumulada por la familia representa tanto un beneficio como una presión. “Sabes que hay un listón del que no puedes bajar en calidad”, señaló. Los momentos de mayor exigencia son fines de junio y julio para la horchata, cuando pueden llegar a servir más de 200 litros en días de mucha afluencia, y las dos semanas previas a Navidad para el turrón.
Consultado sobre la posibilidad de una cuarta generación, Verdú respondió: “No lo pienso. Es una presión que prefiero quitarme”. Añadió que disfruta de su papel actual y del contacto con la gente, pero también busca mantener actividades fuera del negocio para lograr un equilibrio.