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Era dueño de una ferretería, se retiró a los 50 y transformó un autobomba en su casa: «Lo que te mata es la rutina»

Pablo Mel vendió su ferretería en Río Cuarto a los 50 años y convirtió un camión autobomba en su vivienda itinerante. Recorre el país desde octubre de 2022.

Durante años, la vida de Pablo Mel transcurrió a cielo abierto entre caballos y tareas rurales en la provincia de Buenos Aires. Un revés económico por una estafa lo obligó a dejar atrás la vida de campo. Con la convicción de emprender en un rubro que le llamaba la atención, se instaló en Río Cuarto, Córdoba. Allí, en 2008 y como único propietario, levantó una ferretería desde cero: diseñó el local con sus propias manos y compró el stock inicial.

El arranque puso a prueba su templanza. Cinco meses después de abrir, el conflicto con el campo y los paros paralizaron la actividad económica de la región. Ser dueño del local y no pagar alquiler le permitió resistir. Con paciencia y esfuerzo diario, logró expandir el negocio sumando un corralón de materiales.

“Mi rutina empezaba bien temprano: me levantaba todos los días a las siete de la mañana para estar abriendo las puertas a las ocho. Para alguien como yo, acostumbrado a pasar las jornadas a la intemperie y trabajando con animales, encerrarme tantas horas detrás de un mostrador fue, sin dudas, el cambio más difícil de asimilar en lo personal. Costó acomodarse al principio, pero la pasión por el oficio pudo más y me adapté sin problemas. Sabía por qué y para qué lo hacía; ver crecer el negocio día a día y atender a cada cliente con la misma dedicación hizo que todo el sacrificio valiera la pena”, expresa.

Con los años, el negocio se transformó en una referencia comercial en la zona. Ya fuera como “Pablo Ferretero” o a través de Ferretería Don Mel, forjó un vínculo estrecho con vecinos, industrias y empresas. Sin embargo, ni el éxito modificó el pacto que había sellado consigo mismo: a los 50 años dejaría de trabajar, sin importar el momento económico.

“A los 13 años me tocó atravesar el golpe más duro: perder a mi papá en un accidente de avión. Un dolor así te marca para siempre y te sacude por completo la forma de pararte frente al mundo; aprendés de golpe lo frágil que es todo. Por eso, esa filosofía de vida me acompañó desde muy chico. Recuerdo una tarde, grabando un video entre risas con amigos donde fantaseábamos con qué sería de nosotros de grandes, en la que solté sin dudar: ´A los 50 no laburo más, me voy a disfrutar de la vida´. En ese momento no tenía del todo claro el cómo ni con qué recursos lo iba a lograr, pero en el fondo de mi corazón había una certeza innegociable: quería viajar, ser dueño de mi tiempo y no vivir atado a un mostrador, a cuatro paredes o a un reloj”.

En octubre de 2022, al cumplir 50 años, Pablo llamó a su contadora para ordenar balances y papeles y bajar la persiana en diciembre. La sorpresa fue total, pero entendió que no había vuelta atrás. El impacto más complejo se dio en el plano afectivo. Su pareja de entonces no compartía el proyecto itinerante; tras un período de viajes intermitentes, decidieron poner fin a la relación de común acuerdo. A sus hijos también les costó asimilar la distancia, pero el vínculo se mantuvo.

“Para patear el tablero tenés que tener la decisión tomada de raíz, porque no es un camino para cualquiera; muchos amigos todavía me dicen que estoy completamente loco y la verdad es que les doy la razón. Lo más complejo es asimilar que soltaste la estabilidad y que ya no contás con un ingreso regular; si bien en el comercio siempre había que pelearla día a día, acá la regla es la imprevisibilidad absoluta. Y justamente ahí radica la mayor belleza de esta forma de vivir: en no saber dónde vas a dormir esta noche, a quién vas a cruzarte en el camino ni qué historia te va a regalar la ruta; esa libertad e incertidumbre son, para mí, lo más lindo que tiene la vida”, afirma Pablo.

La fascinación por los camiones 4×4 siempre estuvo latente. Evaluó motorhomes y visitó uno armado sobre un colectivo, pero la idea del camión persistía. La operación tenía una dificultad: no era compra en efectivo, sino permuta por su Toyota Hilux 4×4 2013. La oportunidad apareció tras seguir una publicación por internet; al dueño le surgió una propuesta laboral en Brasil y aceptó el canje. Al verlo en persona, un detalle selló el destino: la unidad llevaba inscripto el número de móvil 8, la misma fecha de su cumpleaños en octubre.

El vehículo no era habitable. Al no permitirle entrar parado en la parte trasera y con la certeza de que sería su hogar definitivo, adaptarlo fue prioridad. Junto a un amigo carrocero diseñaron la reforma para elevar el techo, tarea que demandó unos tres meses. Al llevarlo a su domicilio descubrió que las dimensiones superaban la entrada, lo que obligó a reformar el portón y la cochera.

“Una vez que logramos meter el camión en el garaje junto a mi hijo, empezó la verdadera transformación: el desafío de convertir ese fierro en un hogar. Nos pusimos manos a la obra los dos solos para idear la distribución interna, pensar cada rincón y ver cómo optimizar los espacios al máximo”.

Aunque el vehículo ya contaba con homologación como motorhome, la distribución interior era incómoda. El diseño previo tenía errores, como la puerta de acceso orientada hacia el lado del tránsito en lugar de la banquina. Pablo y su hijo vaciaron la estructura trasera, desmontaron paneles y ensamblaron todo desde cero.

“La primera noche salí con el camión totalmente original, completamente vacío por dentro: tiré un colchón en el piso y me fui directo a hacer los Túneles de Taninga, en Córdoba. Dormí arriba en plena montaña y se desató una tormenta feroz; entre el viento y el agua que empezó a filtrarse por todos lados, a oscuras, sin luz y sin una gota de agua corriente, lo primero que me pregunté fue: ´¿Qué carajo hago acá?´. En ese momento, tirado en el suelo mientras llovía adentro, la situación parecía una locura, pero hoy lo recuerdo como una gran anécdota y el mejor aprendizaje para entender de primera mano qué cosas urgía solucionar si realmente quería vivir tranquilo ahí adentro”.

Sobre cómo financia su estilo de vida, Pablo explica que nada quedó librado al azar: desde que abrió la ferretería proyectó un esquema que le garantizara un ingreso a futuro. Hoy se sustenta gracias al alquiler del inmueble donde funcionaba su antiguo local, administrando sus recursos con una escala de prioridades: garantizar el gasoil para mantener el camión en movimiento; la comida pasa a un segundo plano.

En cuatro años de ruta continua, la mecánica del camión respondió sin desperfectos de consideración. Salvo el cambio menor de una cubeta de freno y la soldadura puntual de una arandela en el cubo de la doble tracción, no sufrió averías. Lo adquirió con 26 mil kilómetros reales y hoy el odómetro supera los 55 mil.

Cuando un vehículo se detiene en medio de la nada, su respuesta no es la desesperación. “Si me quedo varado, lo primero que hago es poner la pava y cebarme unos mates con total tranquilidad. En ese momento no hay miedos ni apuros; sé que todo tiene arreglo y que la buena onda es clave. Además, el viejo oficio de ferretero sigue intacto en las manos: conocer las medidas exactas, distinguir los pasos de rosca y saber amañarme con cualquier bulón o tornillo roto me da la seguridad de que, tarde o temprano, siempre encuentro la forma de volver a poner el camión en marcha”.

“Viajar en un camión de bomberos genera un impacto increíble: los chicos se vuelven locos pidiendo que toque bocina, la gente se acerca fascinada a sacarse fotos y hasta la policía me trata con una amabilidad total; creo que me pidieron los papeles una sola vez en cuatro años. Las anécdotas insólitas sobran, como cuando entré a una reserva en Entre Ríos, cerca de una represa, y dos brasileños que comían un asado en el suelo me miraron asustados y me preguntaron si estaba prohibido hacer fuego, convencidos de que venía a apagárselo. Nos terminamos riendo a carcajadas, porque en la ruta la buena onda de la gente es constante”.

Lejos de las rutas trilladas o los itinerarios que imponen las modas de YouTube, Pablo prefiere detenerse en la riqueza del territorio argentino. Entre los rincones que dejaron una marca imborrable destaca la inmensidad del norte neuquino, con pueblos como Huinganco, Andacoyo y Las Ovejas. Sin embargo, su curiosidad sigue intacta y guarda deudas pendientes: anhela adentrarse en la Catamarca profunda para transitar la Ruta de los Seismiles, al igual que los paisajes históricos de la vieja Ruta 40 cerca de Jáchal y la Cuesta de Huaco en San Juan.

“Cuando el frío aprieta se siente, sobre todo porque todavía no le instalé una de esas calderitas a gasoil que vienen ahora y son fantásticas. Me ha tocado sufrir bajas temperaturas en momentos totalmente impensados: en pleno febrero, por ejemplo, soporté siete grados bajo cero en el Salto del Agrio, cerca de Caviahue, algo para lo que uno jamás está prevenido en verano. Lo mismo me pasó en La Poma, en Salta, donde la altura no perdona y en pleno enero el frío calaba hasta los huesos. En esas noches no queda otra que meterle pecho: me meto en una bolsa de dormir apta para diez grados bajo cero, sumo un par de buenas colchas encima y la voy piloteando hasta que aclare”, sonríe.

El encuentro entre Pablo y Cecilia se dio de manera fortuita en tierras salteñas, propiciado por una invitación a un encuentro de autos clásicos organizado por el cuñado de ella. Para Cecilia, el universo de los motorhomes era desconocido; jamás se había subido a un vehículo de esas características. La experiencia no tardó en conquistarla. Aunque sus compromisos laborales le impiden sumarse a una vida itinerante a tiempo completo, encontraron la sintonía para aprovechar recesos escolares, vacaciones y fines de semana largos para salir a la ruta juntos.

Más allá del amor, la llegada de Cecilia abrió la puerta a sanar una herida de casi cuatro décadas. Salta representaba para Pablo el escenario de la mayor tragedia de su infancia, el lugar donde en 1985 su padre perdió la vida en un accidente aéreo del cual nunca había podido visitar el sitio exacto. A través de una cadena de sincronicidades tras el fallecimiento de la mamá de Cecilia, Pablo conectó con un amigo de ella que solía hacer trekking por Chicoana. Al enterarse de que se trataba de aquel vuelo de YPF, este contacto le reveló la existencia de un monolito conmemorativo que la familia jamás supo que existía y le tendió el puente para llegar. Tras una caminata de tres horas cerro arriba, Pablo pudo sentarse en el punto exacto donde la nave impactó contra la montaña, rescatar dos fragmentos de fuselaje que hoy viajan pegados en su camión y cerrar un ciclo.

“Aunque todavía no podemos encarar juntos una travesía larga y continua, a ella le apasiona esta vida y la disfruta a la par mía. Mi idea ahora es hacer base en Salta con el camión y desde ahí salir a rodar durante veinte días o un mes y regresar; la ruta te llama constantemente, se extraña cada día lejos de ella, pero haber encontrado a alguien que comparta y abrace esta locura hace que todo tenga un sentido mucho más hermoso”.

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