El primer pontífice latinoamericano, fallecido el 21 de abril del año pasado, impulsó cambios significativos en la Iglesia Católica con un enfoque en los pobres, el medio ambiente y la apertura.
La elección del cardenal argentino Jorge Bergoglio como Papa Francisco, el 13 de marzo de 2013, se produjo en un contexto de crisis para el Vaticano, marcado por los escándalos de corrupción y pederastia. Su pontificado, que se extendió hasta su fallecimiento el 21 de abril del año pasado a los 88 años, introdujo un estilo más directo y una agenda centrada en la reforma y la cercanía con los fieles.
Desde el inicio, Francisco adoptó un tono y una simbología que rompían con moldes anteriores, eligiendo su nombre en honor a San Francisco de Asís para enfatizar su compromiso con una «Iglesia pobre y para los pobres». Su mensaje contra la desigualdad y la pobreza se convirtió en un pilar de su liderazgo.
Su papado aceleró la internacionalización de la Iglesia, con viajes frecuentes a África y Asia y el nombramiento de cardenales de regiones históricamente menos representadas, reduciendo el eurocentrismo en la cúpula católica.
Francisco fue una voz destacada en la defensa de los migrantes, el cuidado del medio ambiente -con su encíclica «Laudato Si'» en 2015- y en el llamado a la paz durante conflictos globales como la guerra en Ucrania y la pandemia de COVID-19, donde enfatizó que «nadie se salva solo».
También promovió un clima de mayor inclusión dentro de la Iglesia, con declaraciones que marcaron un cambio de tono hacia la comunidad LGBTQ+, aunque generando debates internos. Su llamado a «hacer lío» y a que la Iglesia «salga a la calle» definió su enfoque pastoral y su legado de apertura.