A 90 años de la publicación de su obra cumbre, repensamos el legado de John Maynard Keynes y su vigencia en un mundo que debate entre democracia, capitalismo y autoritarismo.
La actualidad internacional esboza una conclusión inquietante: la democracia es un obstáculo para el capitalismo. El país que se encamina a superar a EE.UU. no se rige por ese sistema de gobierno, ni por el capitalismo. China amenaza con disputar la hegemonía de EE.UU. y, antes que revisar el capitalismo, los principales actores del sector privado deciden culpar a la democracia. Parece ser que hay una sola cosa peor que el autoritarismo: el comunismo.
Confrontado con una disyuntiva algo similar, hace 90 años John Maynard Keynes escribía la obra económica más importante del siglo XX. Con su Teoría general se inauguraba una alternativa capitalista al comunismo, en ese momento el de la Unión Soviética: el estado de bienestar.
Desde Argentina, un país en el cual Keynes ha llegado a ser acusado de comunista y, sus seguidores, de inventar una solución a la crisis económica de 1929 basada en una obra que fue publicada en 1936, vale la pena revisar algunos conceptos del autor. ¿Keynes comunista?
Dice Keynes (1925): “Por lo que respecta a la faceta económica, no percibo que el comunismo ruso haya hecho ninguna contribución para la resolución de nuestros problemas. No pienso que contenga ningún elemento útil de técnica económica que no pudiéramos aplicar, si así lo eligiéramos, con igual o mayor éxito en una sociedad que conservase si no todos los signos del capitalismo individualista del siglo XIX, sí al menos los ideales burgueses británicos”.
Ahora bien, si la Teoría general se publicó en 1936 y la crisis de EE.UU. fue en 1929, ¿cómo es que esa crisis se resolvió con “keynesianismo”? Los principales lineamientos del pensamiento keynesiano pueden encontrarse ya en 1926 en “El fin del laissez faire”. En ese artículo Keynes dice que la doctrina del libre mercado “afirma que la acción del Estado debe limitarse estrechamente, y que la vida económica, desregulada hasta donde sea posible, debe quedar en manos de la habilidad y el sentido común de los ciudadanos individuales que están motivados por progresar en el mundo”.
La doctrina del “dejar hacer” implicaba, entonces, un darwinismo económico. “Dado que el objetivo de la vida es alcanzar las hojas de las ramas más altas, la forma más probable de conseguirlo es permitir que las jirafas con el cuello más largo dejen morir de hambre a las que lo tienen más corto”. La crítica de Keynes al retiro del Estado es contundente: “No es una deducción correcta de los principios de la economía que el interés propio racional produzca siempre el beneficio público (…) Tal vez en estos tiempos la principal tarea de los economistas sea volver a diferenciar la agenda del Gobierno de la no agenda, y la tarea de los políticos sea idear formas de gobierno democrático que puedan cumplir la agenda”.
Lamentablemente, Keynes ha sido vulgarizado por una parte del espectro político local: al parecer, donde hay un derecho, allí debe haber una política “keynesiana” que lo satisfaga. En un país con moneda, el límite para satisfacer esos derechos está dado por los recursos ociosos con los que se cuente. Sin embargo, lo anterior es válido para el EE.UU. de la segunda posguerra, pero no para el actual, que se encuentra sufriendo las consecuencias de haber abierto indiscriminadamente su economía al gigante asiático.
El presidente Trump podría aprender mucho de lo que llamo “estructuralismo keynesiano”: los impulsos a la demanda en una economía abierta con una productividad media menor a la internacional se filtran hacia las importaciones y terminan debilitando la economía local y a su moneda, producto de crisis externas. Desde el país más avezado en el stop-and-go, Argentina, aterra pensar que tal vez EE.UU. esté enfrentando su primer stop internacional debido a que su déficit comercial y las amenazas de Trump de solucionarlo depreciando la moneda de reserva mundial comienza a generar un fenómeno de fuga de capitales. Todo tan argentino que duele.
En Las posibilidades económicas de nuestros nietos (1928) Keynes anticipó la revolución de la IA: “nos aqueja una nueva enfermedad: el desempleo tecnológico. El término hace referencia al desempleo debido a nuestro descubrimiento de medios para economizar el uso del factor trabajo”.
Mientras el mundo parece equivocar el rumbo para solucionar los problemas de la revolución de la IA, en Argentina hacemos caso omiso de las enseñanzas de la historia. De un lado de la grieta se elige abrirse a un mundo que atraviesa una guerra comercial. Del otro lado sigue sin entenderse que un país sin moneda solo puede darse el lujo de ser keynesiano cuando su banco central rebalse de reservas.
La oportunidad que hoy nos ofrece Vaca Muerta, la minería tradicional y el litio revierten la máxima keynesiana. Para un país como Argentina, en el largo plazo no estamos todos muertos, sino posiblemente teniendo que lidiar con una “enfermedad holandesa”. El problema es el corto plazo, el cómo llegamos a ese país al que le van a sobrar dólares. En la actualidad parece haberse decidido dejar morir a las jirafas de cuello corto.