En Buenos Aires están abriendo espacios que combinan pilates, yoga, crioterapia, sauna y breathwork bajo un mismo techo, con una dinámica que alinea cuerpo y mente.
La luz está calculada. El aroma, también. Hasta el ritmo con el que empieza la música cuando alguien entra tiene una intención detrás. En los nuevos “wellness clubs” que están abriendo en Buenos Aires, nada está librado al azar. No son gimnasios con más onda ni spas que suman clases, aquí se combinan pilates, yoga, crioterapia, sauna y “breathwork” bajo un mismo techo, con una dinámica que alinea cuerpo y mente. Un modelo que en Nueva York, Londres y Tokio ya es parte del paisaje urbano y que Buenos Aires está comenzando a hacer suyo.
Pioneros locales
Algunos apuestan por el movimiento, otros por la tecnología. La propuesta varía pero el destino es el mismo: ir más allá del gimnasio y del spa.
Detrás de Brava, por ejemplo, hay dos amigas del colegio, Ariana Garfunkel y Candela Ginevra, que diseñaron cada detalle desde el lugar de las alumnas. «Nos preguntamos qué nos gustaría a nosotras encontrar al entrar, qué nos haría volver, qué nunca habíamos sentido en un espacio de bienestar en la ciudad», relataron. Viajaron, miraron lo que ya era cultura en otras capitales y trajeron esas ideas traducidas a una identidad propia. El resultado es un espacio en Puerto Madero que combina pilates, sculpt, stretching, yoga y hot infrarrojo, donde cada detalle está pensado para que la experiencia empiece antes de que arranque la clase. Además, eligieron ubicarse dentro del distrito Madero Harbour, porque sentían que el entorno moderno y frente al agua respiraba exactamente la energía que buscaban.
Cuando se les preguntó en qué se diferencia un club de wellness de un gimnasio, la dupla fue concreta: «Un gimnasio te vende acceso; nosotras creamos una experiencia. El gimnasio piensa en máquinas y resultados, el wellness club piensa en la persona entera -cuerpo, mente y comunidad- y en cómo se siente desde que cruza la puerta». También sostuvieron que sus disciplinas se complementan, no son una grilla de clases sueltas sino un ecosistema pensado para algo más profundo, la búsqueda de balance. «La gente no viene a ‘hacer ejercicio’, viene a regalarse un momento».
We Wellness, por su parte, llegó desde el ángulo de la medicina preventiva. Federico Biaggini, su fundador, venía del desarrollo de tecnologías de bienestar y se preguntó por qué herramientas como el sauna, el infrarrojo o el vapor quedaban reservadas para hoteles o spas exclusivos. Lo que vio en Estados Unidos y Europa lo convenció: espacios donde prevenir ocupaba el lugar que antes tenía curar. «El futuro de la salud está en la prevención, no en la cura», sostuvo. En We Wellness cada miembro empieza con una evaluación completa y recibe un plan personalizado con acompañamiento interdisciplinario. Por eso aseguraron que no es un lugar para entrenar sino un espacio para construir salud a largo plazo.
«Somos un club de longevidad y bienestar donde la medicina preventiva, la tecnología, la nutrición, el movimiento y la recuperación trabajan en conjunto», relató Biaggini. En este enfoque, cada protocolo y recomendación forma parte de una estrategia basada en evidencia y orientada a optimizar la salud física, mental y metabólica. Más allá del entrenamiento o la relajación, la intención es prevenir, recuperar, potenciar el organismo y construir hábitos sostenibles para vivir más y mejor.
Lo que ambos emprendimientos tienen en común es el perfil de quien los elige. Jóvenes profesionales que buscan gestionar el estrés, adultos que quieren prevenir enfermedades, empresarios que entienden el autocuidado como una inversión. Gente que dejó de esperar a sentirse mal para ocuparse de su bienestar.
Cambio de época
Hay clubes que nacen de un plan de negocios y otros que nacen de una crisis personal. Francine Joubert cerró su marca de ropa cuando la ansiedad y los ataques de pánico la obligaron a parar. Y cuando comenzó a sanar, sintió que debía existir un lugar que combinara las prácticas que tanto la ayudaron. «Busqué el espacio que hoy ofrece The Living Club», contó. Así abrió un lugar donde conviven pilates, yoga, barré, stretching y meditación, entre otras disciplinas que parten de la respiración y exigen conciencia corporal. Para Joubert la diferencia con el gimnasio tradicional no está en el esfuerzo sino en la cabeza con la que uno se enfrenta a la actividad.
Lo que Francine vivió en primera persona es hoy una tendencia que los especialistas leen como un cambio cultural profundo. Para Sofía García Labougle, “health coach”, el auge del wellness se explica por una necesidad que el cuerpo ya no puede ignorar. «Cada vez más personas están sintiendo las consecuencias del estrés crónico, el sedentarismo, la mala alimentación y la desconexión social», afirmó. El bienestar dejó de ser algo que se busca cuando se pierde para convertirse en lo que se cultiva todos los días.
En ese sentido, entre los hábitos que más crecieron en los últimos años destacó algunos que parecen obvios pero que la vida moderna fue borrando: la exposición responsable al sol, el movimiento diario, la hidratación y la revalorización de los vínculos. «La comunidad, la amistad y el sentido de pertenencia tienen un impacto enorme sobre el bienestar», señaló.
Uno de los cambios más visibles es quién llega a estos espacios. Joubert pensó que su público iban a ser mujeres de entre 20 y 60 años, pero se sorprendió: tiene alumnas de 80 en perfecto estado y hombres de 20 a 50 que llegan con su mujer o con sus hijas y que terminan siendo los más puntuales y los que sacan las membresías más completas. «El médico se lo recomendó, o se dieron cuenta de que el deporte de alto impacto ya no les hace bien, o simplemente entendieron que necesitan bajar un cambio», describió.
Para García Labougle, el gran giro está en la percepción con la que comenzamos a mirar estas prácticas. «El wellness deja de ser un lujo cuando entendemos que respirar mejor, dormir mejor, movernos y construir vínculos no son extras, son necesidades básicas para vivir bien», sostuvo. Y en un país con inestabilidad económica de fondo, esa distinción importa especialmente.
Lo que une a quienes eligen estos espacios, más allá del bolsillo o la edad, es haber entendido algo que la experta resumió con precisión: la salud se construye en comunidad. Y cuando una persona encuentra un lugar donde se siente acompañada, los hábitos tienen la oportunidad de un salto cuántico: dejar ser una obligación para convertirse en una forma de vida.