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La presentación de Adorni en el Congreso: entre la puesta en escena y las tensiones internas

El jefe de Gabinete, Manuel Adorni, expuso en el Congreso con un guion cuidadosamente armado, pero la sesión dejó al descubierto las dificultades del Gobierno para explicar el presente y las fisuras entre sus principales figuras.

La presentación del jefe de Gabinete, Manuel Adorni, en el Congreso dejó una serie de imágenes emblemáticas, explicaciones pobres sobre su patrimonio y una sensación de puesta en escena donde cada uno de los actores tenía un rol, que cumplió sin desvíos. El funcionario se ciñó al guion que había diseñado con su equipo y el de Karina Milei, más el aporte del ala de Santiago Caputo y su extensión en Legal y Técnica. Martín Menem, junto con los referentes del bloque libertario, se ocuparon de que los diputados no exacerbaran los ánimos y que la militancia en los palcos no entrara en la riña y el griterío. El Presidente arrastró a todo el gabinete para darle su apoyo político. Incluso la oposición peronista se mostró mayoritariamente moderada, en un evidente intento por esquivar la actitud sediciosa que mostró en otras sesiones sensibles.

Hay unanimidad en el oficialismo en que el objetivo se logró: Adorni no sufrió sobresaltos en una sesión en la que no había nada para ganar, y la prioridad era evitar un traspié que agravara su situación. Hacía mucho tiempo que no estaban todos tan ordenados en el oficialismo detrás del mismo objetivo. Sin embargo, detrás de la escenografía montada, quedaron en evidencia dos realidades que explican las tensiones que invadieron al poder libertario en el fatídico bimestre marzo-abril.

La primera de ellas estuvo simbolizada en el hecho de que por primera vez el Gobierno, con Milei al frente, concurre al Congreso a dar explicaciones, no a exigirlas. El mismo Presidente que evitó hablar en su recinto al asumir y prefirió darle la espalda, ahora fue voluntariamente a respaldar a su funcionario frente a lo que él había definido como “nido de ratas”. Y en este cambio de papeles aparece una dificultad natural, porque Milei irrumpió en la escena política para interpelar, para señalar a la casta, para encarnar el profundo descontento social con una dirigencia incapaz de trazar un horizonte de progreso. No es una figura preparada para explicar, para convencer, para hacer docencia. El grito y el insulto son instrumentos ofensivos; si se utilizan para la defensa son menos eficaces.

Esa mutación de roles surge de las dificultades que enfrenta el Gobierno en los dos mandatos principales que recibió al asumir el poder: recomponer la economía y sanear moralmente la política. El repunte inflacionario y Adorni pusieron en peligro esa narrativa. Pero fundamentalmente colocaron a la gestión libertaria en el centro de la agenda, en el foco de la discusión. Pierde fuerza el debate sobre el desastre económico heredado del último gobierno peronista y cobran más relevancia los interrogantes sobre el plan de Milei y Luis Caputo. La astronómica corrupción kirchnerista con las obras públicas y las valijas de dólares ya parece sorprender menos, y le cede protagonismo a las pequeñas manualidades contables con departamentos en Caballito y créditos hipotecarios del Banco Nación. El eje empieza a rotar del pasado al presente.

El Gobierno había sido exitoso hasta la elección de octubre en mantener el concepto “seguir para adelante o volver para atrás” como la consigna que definía el voto. El pasado actuaba como vector ordenador. Ahora esa lógica está cambiando porque hay que explicar el presente. Estos giros mantienen tensionado a un Gobierno que ha hecho de la inestabilidad un modo de gestión. Vive en una montaña rusa constante que cambia de sentido cada dos o tres meses, y oscila todo el tiempo entre momentos de éxitos y gratificaciones, y períodos de turbulencia y desconcierto.

El ministro Caputo fue quien expuso la necesidad de un rápido acuerdo político que galvanizara el plan económico y mostrara una señal de contundencia que convenciera al mercado de que el rumbo no sólo es correcto, sino que es compartido con un grupo de gobernadores y una mayoría del Congreso. Lo hizo en una reunión de la mesa política de hace un mes, pero después, enojado porque La Nación reveló su contenido, comunicó a sus pares que no concurriría más por entender que el ámbito no era lo suficientemente reservado (curiosa reacción, porque en las redes había dicho que la información era falsa). De hecho no volvió a participar. El día de esa reunión fue Karina Milei quien expresó su disidencia y dijo no estar dispuesta a ir a un acuerdo general con los gobernadores, sin candidaturas propias en las provincias. Es la postura que mantiene desde el armado electoral del año pasado.

Ese contrapunto entre el ministro y la secretaria general no se resolvió. Incluso en las últimas semanas hubo versiones dentro de la propia Casa Rosada de que el vínculo entre ellos se había enfriado en forma más notoria desde entonces. El Presidente, como hace habitualmente frente a los rumores que afectan a los que aprecia, reforzó sus gestos públicos hacia Caputo. Pero más allá del juego de las relaciones personales (que en este Gobierno son más gravitantes de lo recomendable), la conversación quedó obturada hace un mes y no tuvo ninguna evolución.

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