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La última entrevista de Marilyn Monroe: «Simplemente, odio ser un objeto»

A dos días de su muerte, la actriz reveló su agotamiento ante la fama y su deseo de ser vista más allá del mito.

La última entrevista de Marilyn Monroe no fue simplemente una charla promocional sobre Hollywood, fama o cine. Fue, sin saberlo, una despedida. Un retrato íntimo de una mujer agotada por el peso de su propia imagen pública, que intentaba, quizás por última vez, explicar quién era realmente detrás del mito.

“¿Sabés? La mayoría de la gente no me conoce”, le dijo Marilyn al periodista Richard Meryman durante una extensa conversación para la revista Life en el verano de 1962. La publicación buscaba una entrevista sobre la fama y el fenómeno Monroe, pero la actriz, que entonces tenía 36 años, terminó hablando de algo mucho más profundo: su infancia, sus inseguridades, sus matrimonios, el miedo a las multitudes y el dolor de haberse convertido en un símbolo.

La histórica entrevista y la última sesión de fotos de Marilyn Monroe fueron reunidas por primera vez en el libro Marilyn: The Lost Photographs, The Last Interview, escrito por Richard Meryman y con fotografías de Allan Grant. La información y los extractos difundidos sobre el contenido del libro fueron publicados por People, que adelantó parte de la conversación final de Marilyn y varias de las fotografías recuperadas.

La entrevista apareció publicada originalmente en la edición de Life del 3 de agosto de 1962. Apenas dos días después, Marilyn fue hallada muerta en su casa de Los Ángeles por una intoxicación aguda con barbitúricos. La causa oficial fue catalogada como un “posible suicidio”, aunque las preguntas sobre las últimas horas de la figura más legendaria de Hollywood nunca encontraron respuestas contundentes.

A más de seis décadas de su muerte, aquellas palabras adquieren un peso estremecedor. Porque en esa conversación, considerada hoy su última gran entrevista, Marilyn dejó caer la máscara de estrella inalcanzable y habló como Norma Jeane Baker, la niña solitaria que había pasado parte de su infancia entre hogares sustitutos y orfanatos.

“Decidí que quería ser actriz cuando tenía cinco años”, recordó. “Algunos de mis padres adoptivos me mandaban al cine para que saliera de casa, y allí me sentaba todo el día y hasta bien entrada la noche, en primera fila, una niña pequeña sola, y me encantaba”, explicó. La mujer que luego sería adorada por millones nunca olvidó esa sensación de abandono.

Mucho antes de convertirse en el ícono rubio más famoso del siglo XX, había sido una adolescente vulnerable que trabajaba en una fábrica de municiones cuando un fotógrafo militar descubrió su potencial como modelo. Después llegaron el cabello rubio platinado, el cambio de nombre y el nacimiento de Marilyn Monroe, una creación que terminaría consumiéndola.

“Ese es el problema: un símbolo sexual se convierte en un objeto. Simplemente odio ser un objeto”, confesó durante la entrevista. La frase resume una contradicción que marcó toda su carrera: el personaje que le dio fama mundial era el mismo que le impedía ser tomada en serio. Aun así, Marilyn intentaba entender el fenómeno que generaba. “Voy a ser un símbolo de algo, y prefiero que sea el sexo antes que otros símbolos”, dijo. Pero inmediatamente aclaró que nunca había buscado construir deliberadamente esa imagen. “Nunca he actuado conscientemente desde un punto de vista sexual. Para empezar, nunca he participado en una escena erótica”.

En la entrevista también habló sobre la fama con una mezcla de ironía y agotamiento. “Es como el caviar. Es bueno comer caviar, pero si lo comieras todos los días, ¿sabés? Demasiado caviar”, bromeó. Luego recordó el violento episodio ocurrido tras una operación de vesícula en 1961, cuando un grupo de gente se abalanzó sobre ella al salir del hospital. “La multitud me empujaba y se me abrió el costado. Me di cuenta de que la gente quiere ver que eres real”.

La actriz aseguró que recién comprendió el impacto de su popularidad durante su viaje a Corea en 1954. “Había 75.000 hombres sentados en la nieve con sus parkas, y cuando yo salía, silbaban y gritaban mi nombre durante 10 minutos antes de que pudiera siquiera empezar a hablar”.

Uno de los momentos más recordados de sus últimos meses de vida también apareció en la charla: su célebre interpretación de “Happy Birthday, Mr. President” para John F. Kennedy en el Madison Square Garden, apenas semanas antes de morir. Marilyn describió el terror que sintió antes de salir al escenario. “Se hizo un silencio sepulcral. No creí que fuera a decir nada. Cuando llegué al micrófono, respiré hondo y de repente pensé: ‘¡Allá voy! Cantaré esta canción aunque sea lo último que haga en mi vida’”.

También habló de Hollywood con amargura. Recordó que durante el rodaje de Los caballeros las prefieren rubias, mientras Jane Russell cobraba 200.000 dólares, ella ganaba apenas 500 por semana y ni siquiera tenía camerino propio. “La empresa siempre me trataba con condescendencia”, lamentó.

Lejos de la imagen de femme fatale segura de sí misma, Marilyn confesó que las multitudes la aterraban: “El público me asusta, las multitudes me asustan”. Y explicó por qué evitaba el ambiente social de Hollywood.

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