Una disciplina deportiva que combina obediencia, trucos y música. Una cordobesa representará al país en el Mundial de Bolonia.
Una mujer y un perro se miran fijo en el centro de una pista. Suena la música y arranca algo que no es adiestramiento ni patinaje artístico, aunque se parece a las dos cosas. El dog dancing —literalmente, baile con perros— es una disciplina deportiva que combina obediencia, trucos coreografiados y expresión artística sobre una pieza musical.
Nació a comienzos de los años ’80 en Canadá, cuando un grupo de entrenadores que practicaban obediencia clásica empezó a sumarle música de fondo a sus rutinas, y desde entonces creció hasta convertirse en una disciplina con federaciones, reglamentos y mundial propio en Europa, Estados Unidos y parte de Oceanía. En la Argentina, en cambio, recién empieza a salir de la marginalidad.
Quien viene a empujar la puerta es Fiorella Sampietro, una adiestradora de 29 años radicada en Villa María, Córdoba, que entre el 4 y el 7 de junio competirá en el Mundial de Dog Dancing de Bolonia, Italia, junto a Balto, su border collie de cinco años. Será la primera dupla argentina en pisar el campeonato desde 2019.
Frente a más de sesenta parejas de todo el mundo, los jueces los evaluarán en tres áreas: el valor técnico de los trucos, la impresión artística —cómo la dupla usa el espacio, la música y el vestuario— y el bienestar del animal en la pista. Si el perro ladra incómodo o la rutina lo expone a un esfuerzo físico inapropiado, el guía recibe penalización.
¿Cómo es una rutina? Cuatro minutos en los que el perro debe reconocer alrededor de 160 palabras asociadas a conductas distintas. Hay dos modalidades reconocidas internacionalmente: el Freestyle, más libre, donde el animal alterna giros, saltos y piruetas alrededor del guía; y el Heelwork to Music, basado en la obediencia, donde el perro camina pegado al humano durante la mayor parte de la coreografía, en alguna de las dieciocho posiciones que reconoce el reglamento.
La propia Sampietro la compara con una pareja de patinaje artístico. Lo importante, insiste, no es la raza ni la edad: cualquier perro puede entrar al juego, sea cachorro o adulto, mestizo o de pedigree. Eso sí, los pastores —border collies, ovejeros— suelen tener ventaja por su energía, inteligencia y tradición de trabajo en respuesta a la voz humana.
El entrenamiento no es solo físico. Sampietro y Balto practican todos los días pequeños comportamientos y, tres veces por semana, hacen el ensayo completo en una cancha de fútbol. Ahí se trabajan también la tolerancia a la frustración del animal y la gestión de los estímulos externos —ruidos, otros perros, público— que pueden aparecer en una competencia internacional.
El otro lado de la moneda es menos glamoroso. Como casi todo deporte amateur en Argentina, el viaje a Italia se sostiene a pulmón: eventos de recaudación, búsqueda de sponsors, ventas de su tienda online de productos caninos y donaciones por Cafecito. Una postal repetida en disciplinas que no entran al circuito olímpico ni a la grilla de los grandes medios deportivos.
Más allá del Mundial, lo que propone Sampietro es un cambio de mirada sobre la convivencia con los perros, basado en el refuerzo positivo, el juego y la ciencia del comportamiento, lejos del adiestramiento autoritario clásico. «Cada vez que entramos a una pista es como si el mundo se pusiera en pausa», dice.
La frase, aplicada a Balto, suena a romanticismo deportivo. Aplicada a la disciplina, describe bien el clima que el dog dancing empieza a generar entre los tutores argentinos: una forma distinta —más empática, más conversada— de relacionarse con la mascota. Como toda moda incipiente, depende de pocos referentes y de la viralización en redes para crecer. La moda, por ahora, baila despacio. Pero baila.